domingo, 4 de septiembre de 2016

Destierro.


Destierro



En el año 2005, la NASA anunció el proyecto de un nuevo viaje a la Luna experimental con el objeto de iniciar  el primer grupo social que se adaptara física y mentalmente a los cambios en sus formas de vida. Un módulo herméticamente cerrado de 100 metros cuadrados sería su primera residencia.
Un día lunar equivale a 13 días terrestres y otros tantos, la noche. La temperatura varía entre los +123 y – 153 grados.
Los dos tripulantes fueron seleccionados para dar comienzo a la empresa. Serían los primeros habitantes de la nueva colonia lunar. Más tarde y en lapsos de 26 días, llegarían los diferentes bloques para el armado de la nueva ciudad de Los Ángeles.
En 10 años la colonia ya estaría preparada para permitir la reproducción controlada de sus habitantes y recibir a los primeros ciudadanos nativos lunares.
El “Lunick 10” está listo para su despegue.
Año 2018. Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005.
Día lunar: 12. Resta 1 día terrestre para el inicio de la noche.
Temperatura exterior, 100 grados. Interior, 20 grados.
Oxígeno: 55 %
Alimentos: 45 %
Agua: 37 %
- Hay que registrar los signos vitales. Fecha: 05 de septiembre de 2018. Hora terrestre: 2100. Presión: 80/120, pulsaciones 73. Dentro de los parámetros normales. ¿Los tuyos?
- También. En perfecto estado físico.
- ¿Cuánto tiempo falta para que llegue el primer módulo?
- Un día más iluminado y los trece de la noche.
- Necesitamos fraccionar adecuadamente los suministros. El agua es escasa, la deshidratación haría insuperable el tiempo de espera.
- Los líquidos de los alimentos mantendrán equilibrados el sodio y el potasio necesarios para el equilibrio químico.
- En cuanto al oxígeno, creo que si nos mantenemos a un buen ritmo, tendremos el necesario. Tranquilo. Es seguro que alcanzará. Estaba todo bien calculado. ¿Por qué fallaría?
- Se apagan las luces. Ya es hora de dormir. A cumplir con nuestras 8 horas de sueño.
Día lunar: 13. Restan 13 días terrestres de la noche.
Temperatura exterior, 120 grados. Interior, 21 grados.
Oxígeno: 53 %
Alimentos: 43 %
Agua: 36 %
- ¡Arriba!. Último día de luz en la Luna. Nos espera la larga noche y a recibir los nuevos módulos con sus habitantes. ¡Al fin seremos más!
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Informe urgente: Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005, cancelado”.
Un silencio lunar llenó todo el espacio.
- Debemos solicitar información complementaria ya mismo.
- Nadie contesta. Seguramente deben estar reunidos pensando alternativas para nuestro regreso. Todo debe estar previsto.
- Una posibilidad segura es el rápido envío de una nave que nos regrese a la Tierra. La Asociación debe estar presionando ante esta noticia.
- O no, depende de cuál sea la situación. Ellos evaluarán los costos, las pérdidas y los beneficios.
- Enviemos otro informe con el tiempo máximo que sobreviviríamos en estas condiciones. Esperemos alguna definición.
Noche lunar: 7. Restan 6 días de noche.
Temperatura exterior, -140 grados. Interior, 22 grados.
Oxígeno: 21 %
Alimentos: 22 %
Agua: 18 %
- La emisión del mensaje fue correcta. La recepción no fue confirmada. No tenemos ninguna señal.
- No encontré más formas de ahorrar energía y oxígeno. Y aunque así fuera, nos quedaríamos sin alimentos.
- Hay que analizar la posibilidad de que no regresemos. Debemos asegurarnos de que los registros de estos años se mantengan intactos. Hay que guardarlos en las cajas blindadas y sellarlas.
- Fueron 13 años en la Luna, pero mi hogar sigue siendo la Tierra. Me quedan muchas cosas por hacer, si regreso....
- Repitamos el mensaje. Alguien tiene que oírnos.
Noche lunar: 12. Restan 1 noche.
Temperatura exterior, -147 grados. Interior: 20 grados.
Oxígeno: 12 %
Alimentos: 8 %
Agua: 9  %
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Mensaje urgente: La Tierra se encuentra en crisis. Los mercados económicos cerraron. Los saqueos son generalizados. Sin combustibles ni servicios básicos. Guerras civiles devastan la población. Pocos quedamos a salvo por ahora. El presidente ha desaparecido. No queda nada por qué volver.”

Carmen B Cerminara
En “A través de las estrellas” , Tomo I, Ediciones Carpa de sueños, España.

De soledades.


De soledades



     Los conventillos son el lugar casi obligado para los inmigrantes. Grandes patios centrales se rodean de habitaciones con variados inquilinos: españoles, italianos, judíos, árabes. Los techos de chapa musicalizan el lugar los días de lluvia. Las paredes de llamativos colores dan al barrio un aspecto festivo.
     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parece presentar una larga velada para todos.
     En uno de ellos, en la pieza del fondo, yace él.
     Las luces de las velas alumbran pálidamente a los concurrentes. Techos altos. Muebles oscuros. Un ambiente con aroma a húmedo recibe a los conocidos. Se mezcla en el aire el olor a flores con los perfumes de la gente.
     Todas las miradas centradas en el cuerpo ya sin vida de Don Justo Sierras Cortado         terminando su vida tan solo como nació y vivió.
     A mi derecha está ella mirándolo fijamente, con un gesto reflexivo que esconde su habitual sonrisa.
     Piensa en su familia, la calle, el pecado, los vecinos, la confesión, el perdón, el pecado, la soledad, sus zapatos, su ropa, su vida, el cura, el pecado, las palabras, las charlas, los gritos, el patio, su soledad, su vida, él, su pena, las miradas, su trabajo, la felicidad, la paz, la muerte, la luz, más pecado.
     A la derecha del muerto está Carlos. Cautivante como siempre. Una presencia milonguera pero sin brillo en la mirada que se dirige a Don Justo. Mueve sutilmente su cabeza de un lado al otro pensando en el aroma, las pilchas, las minas, la vida, el escabio, las luces, las calles, la soledad, la milonga, un tango, el café, la gomina, la muerte, los amigos, su madre, la noche, su vida, el funyi, el bar, ella, el billar, la noche.
     Ambos cruzaron sus miradas al despedirse de los presentes. Hasta Don Justo lo sintió.
Luego salieron como dos extraños.

     Yo acostumbro barrer la vereda por las tardes y a veces me doy maña leyendo las manos de los vecinos. “Vieja bruja”, me dicen. Me aprovecho para decir lo que algunos quieren escuchar y callar lo que no quieren oír.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije a él─. Acá veo muchos enganches pibe, pero al final se ve profunda. Alguna mina que te tiene marcado.
Él, atento a mis palabras, preguntó:
     ─¿Y la de la vida Doña? ¿Qué me dice?
     ─Mejor dedicate al amor que es más placentero. ─Guiñé un ojo y me fui pensando: Además tenés que apurarte, es corta pibe, te queda poco.
     La mano de ella estaba fría. Pero tímidamente la acercó.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije─. Acá veo demasiados placeres piba, pero al final se ve profunda. Algún pebete que te enamoró. ─Me rajé, ya era tarde.
(Estoy empezando a sospechar algo. Con las líneas de la vida no me va nada bien. A ésta también se la veo corta.)
     Todas las tardes los veía salir, ella por Magallanes hacia la plaza y él para Garibaldi. Nunca les dije que llegar a mi edad juntando soledad no era bueno. No hacía falta.
     Los imaginaba encontrándose en una esquina. Abrazados, frotando sus cuerpos mientras se besan. Sus manos llegando a lugares oscuros. Ahora apoyados en la pared, mientras oscurecía lo suficiente como para recorrer en silencio la galería y atravesar el patio para entrar a la habitación sin que nadie los viera, desnudarse con la simpleza de lo natural  y amarse como si fuera la última vez. Y luego de dos o tres horas, en silencio, como si nada hubiera pasado, regresar a la apariencia.

     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parecía presentar otra  larga velada para todos.
     Él, salió como siempre tarareando un tango. Ella, con pasos ligeros dejando su aroma perfumado.
Nunca volvieron.
Carmen B Cerminara
En "Voces del Gla", 2016
Ed. Dunken

domingo, 27 de septiembre de 2015

Maldito Viernes




1

Desde la esquina espero verla.
Los viernes nunca falta. Suele llegar a las 21. Preparada y perfumada para su clase de tango. Y luego, la práctica.
Con las curvas suficientes para seducir a su edad, camina a ritmo rápido taconeando en la vereda. Su cabello casi rubio cae sobre los hombros en forma prolija y pareja. Lleva su figura adornada con la pollera siempre oscura que acompaña con algo de color en la parte superior. Modestamente maquillada y ornamentada.
Estaciona su auto en la esquina. Coloca la cartera en uno de sus hombros, acomoda su saco y comienza la noche.
Avanza pasando frente a mí y queda la huella de su aroma, dulce y persistente.
A la pista.
- ¿Bailamos? - y extiendo mi mano, invitándola.
- Si - la toma y se dirige a la pista caminando por delante, casi permitiendo que los cuerpos se rocen.

Bailar con ella es el mejor de mis placeres desde hace ya cinco años.
Esperamos los primeros acordes, reconocemos el tema. Ubica su brazo izquierdo sobre mi hombro y con su mano derecha presiona la mía para comenzar a bailar. La energía se transmite desde mi cuerpo hacia el de ella. Nos acercamos.

No sabe que cada viernes es para mí el mejor día de la semana. Que me arreglo pensando en ella. Que uso el mejor de mis perfumes para que quede en su recuerdo. Que hoy me puse la camisa que alguna vez le gustó. 
- Gracias - y abandona la pista. 
- Bailamos de nuevo más tarde - afirmo, deseando recibir una confirmación que nunca llega, mientras la veo alejarse.

No sabe todo lo que siento cuando la veo bailar con otro, charlar con otro, tomar algo con otro, reir con otro. Una sensación de calor me recorre y se difunde por todo mi cuerpo. Quedo solo y paralizado sin oir la música ni el bullicio.
A veces prefiero no seguirla con la mirada en cada uno de sus movimientos y la dejo libre con su seducción y su encanto, fascinando.

2

Al fin es viernes. Me hizo bien descansar un poco. Hoy: clase de tango. Ya me peiné. Me puse una pollera negra con una remera roja. Un poco de rubor y algo de lápiz labial muy natural. Los aros plateados y pequeños. Un poco de perfume desparramado por todo mi cuerpo. Ahora el saco y la cartera. A las 21 comienza. Me voy.
A la pista. 
- ¿Bailamos? - y extiende su mano, invitándome. 
- Si - la tomo y me dirijo a la pista caminando por delante, sin poder evitarlo nuestros cuerpos se rozan.

No soporto el olor a colonia barata. En general, no suelo bailar con gente muy añosa, pero en este caso, es un buen bailarín. Hace que me luzca en la pista. Sólo algunos tangos y me libero.

3

En la esquina espero para verla partir. Como siempre lleva el peso cansado en sus tacos. Antes de subir al auto, pone el saco en el asiento del acompañante, deja la cartera sobre él. Se acomoda buscando la comodidad necesaria para arrancar. Y se marcha.
La despido en silencio.

4

- Esa noche ella bailó muy bien con un chico más joven. Se la veía animada, sonriente. No se despegaron nunca. Como a las once se fueron juntos y agarrados de la mano. Eso es todo lo que puedo decirles - cuenta una joven.

5

Todos los viernes me quedo esperando en la esquina aunque sé que nunca volverá.
Aquella fue su última noche de tango.
La vi tan feliz junto a ese hombre.
Tomados de la mano. Besándose al caminar. Me imaginé hacia dónde se dirigían, lo que harían sus manos, sus bocas y sus cuerpos.
Enfurecido, subí a mi auto y los seguí. Se notaba distraída, andaba despacio y casi zigzagueaba.
Con el semáforo en rojo, pude ver la silueta de dos amantes detenidos en el tiempo, erotizándose.
Mi cuerpo reaccionó casi autómata. Cambio y acelerador. Retrocedí y aceleré varias veces comprimiendo el auto contra un paredón. El sonido de la bocina me alteró y me detuve.
Bajé y ahí estaban. 
Aplastados.
En el aire aún quedaba la huella de su aroma, dulce y persistente.

Carmen Cerminara
En: La Venganza, Editorial Dunken, septiembre 2015

miércoles, 5 de agosto de 2015




Y al morir…

Las fotografías se encontraban en una caja de zapatos amarillenta dentro de uno de los muebles de la casa.
Una vivienda amplia, de esas con un gran patio en el que convergen las habitaciones de techos altos y húmedos.
De a poco van desapareciendo sus pertenencias que fueron repartidas entre los familiares más cercanos.
Sin embargo, en las paredes quedan grabados los ecos de sus voces. En el piso, las huellas de sus pisadas. Y  en el aire, el aroma de la piel recién bañada.
El desfile de parientes parecía llevarse de a poco las evidencias de vida que alguna vez transcurrieron en ella.
Quedó la caja. Nada valioso para el común de la gente.
El viejo, recordaba sus años de chasirete, en Plaza Italia. Y encontró en aquella caja recuerdos de su vida.
El camino pedregoso de la plaza condiciona la posición del trípode que sostiene la cámara de madera. Bajo un paño negro y en sólo un metro cuadrado se armaba toda una empresa.
Un domingo de sol anticipa un gran día laboral. Familias, novios, amigos, son retratados en tan sólo cinco minutos.
Una hilera de jacarandaes oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
El chasirete se prepara para tomar una fotografía más ante el pedido de los clientes.
Llegó el atardecer y el viejo se encontró solo en la habitación, sentado sobre un cajón de madera y observándolas una a una.
Las ordenaba en el piso en forma de línea de tiempo de acuerdo al aspecto de las muchachas. Algunas coincidían y las colocaba encima de otras.
Un conocedor como él, sabe perfectamente en qué época fue tomada, en qué horario de acuerdo a la ubicación del sol y hasta podría calificar la calidad de la impresión.
Era un hombre lento. Cada mirada lo dejaba suspendido en el tiempo.
Pasaron horas hasta llegar a la última de las fotos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Casi no se nota la diferencia de edad entre ellas. La misma altura, el mismo largo de cabello. Sus vestidos eran similares pero en diferentes gamas de grises.
Una de ellas tomaba de la cintura y por detrás a la de su izquierda y algo más alejada la tercera, que sostenía con su mano derecha el cabello que parecía volar con el viento.
Alrededor, algunos chicos jugando y sus madres sentadas en el banco.
Ella es Ana. Su mirada se clava en la suya.
Alegre y ágil.
Ana era descendiente de inmigrantes italianos. Eso decían sus facciones. Delgada. Dejando notar su brazo fino y su piel blanca.
Nunca sobresalió en la escuela primaria. Transcurrió su secundaria sin mayores sobresaltos. Como era necesario trabajar quedó trunca su vocación docente.
Largas jornadas como vendedora en la zapatería de Don Julián, le daban el beneficio extra del calzado variado en sus pies.
Por las noches al llegar, su madre la recibe amablemente y con la cena lista.
No hay tiempo para novios. No hay tiempo para su propia vida.
Ese domingo, disfrutó del sol por Plaza Italia, en compañía.
Se acerca al chasirete que está sentado en su silla de madera blanca y lo consulta sobre el precio de la fotografía. Le parece algo cara. Lo mira, le dice algo, sonríe y al final se agrupa en pose esperando la toma.
-          ¡Listo! - dice el viejo.
Ana toma por la cintura a Julia.
Ella tiene una mirada resignada. Con el deseo guardado de estar en otro sitio. Imaginando estar con alguien más. En el acercamiento. Los roces. Los aromas. Las sensaciones.
Siempre sobresalió entre otras. Las mejores calificaciones y todas las felicitaciones por esta niña ejemplar que no trabaja, pero ayuda a su madre con todas las tareas familiares.
Más distante, está Mara. Sostiene su cabello que vuela con el viento. Se siente diferente. Comparte el espacio pero no el afecto. Obligada.
Sus labios se mantienen relajados. Sin expresión. Pero sus ojos hablan. Una búsqueda incansable en el espacio. La necesidad de un brújula que oriente su vida, hacia un camino adecuado para ella.
Las tres parecen pertenecer al mismo árbol genealógico. La figura, el rostro, el caminar.

El viejo cae abatido con el anochecer.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. En sus manos aquella foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos. Ahora tres palomas blancas ocupan el centro de la escena. Dos, picoteando y una con las alas extendidas.
El correr de algunos niños las alteran y emprenden vuelo. Las ve alejarse del lugar y desaparecer de la imagen.
A pesar de estar solo en el lugar se oyen algunos ruidos. Se levanta y camina hacia ellos.
Por la ventana asoman dos palomas blancas. Las observa.
Entran y se posan en el piso de madera.
Ahora ellas miran como coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja. Pero esa foto, la última, la lleva consigo a su casa.

Nadie volvió a habitar esa vivienda. Algunas personas dicen que se oyen las voces de las mujeres.
Que Ana vuelve de trabajar y Julia la recibe con la cena amablemente, mientras Mara se mantiene alejada siempre con la mirada curiosa e inquieta.
Por las tardes se oye la música por la ventana que da a la calle. Y a veces, el sonido de la escoba barriendo el patio central o las canillas abiertas derrochando el agua. 
El viejo es el único que vuelve. Trae algunas semillas para nosotras, las palomas blancas.
Ana y Julia, siempre juntas y yo, alejada buscando mi destino. Observando atenta.

Hoy trajo la foto entre sus manos.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. Observa fijamente la foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Ahora coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja.
Recorre con su mirada la casa silenciosa. Cierra la puerta como si fuera la última vez.
Ya no estamos ahí.
Con nuestro pasado guardado, fuimos libre de volar hacia nuevos destinos. Ana y Julia hacia el norte y yo, siguiendo la brújula del viento.

Mina Mencar
XLVII CONCURSO INTERNACIONAL  DE POESIA Y NARRATIVA
 “Confluencia de Palabras 2015”
“MENCIÓN DE HONOR”, en el género: …NARRATIVA

sábado, 20 de junio de 2015

"Sola"

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En el profundo bullicio de la ciudad, él caminaba con la mirada fija en nada.
Los demás le abrían paso casi sin mirarlo. Sentían su presencia, ignorándolo.
Nunca se le oyó hablar, ni reir y menos gritar. Tampoco lo vieron llorar.
Era un hombre sin tiempo. Sin edad.
Nunca intentaron imaginar qué motivaba su eterno andar, cuántas palabras callaba, cuántas risas había olvidado y cuántos gritos mudos salieron de su alma. Sus lágrimas ya estaban secas.
Yo sabía su historia.
La conoció cuatro años antes, justo en el momento en que terminaba una complicada historia. Ella le dio la comprensión necesaria para enamorarlo.
Él sentía que había encontrado su destino final.
Cristina tenía una mirada atenta y clara que acompañaba su gesto amable y tranquilo al hablar. Caminaba siempre con pausa y a ritmo lento. Nada la hacía sobresalir entre otras mujeres. Ni su cuerpo, muy delgado y falto de curvas. Nunca hablaba de su familia. Parecía estar sola en el mundo.
Horacio, en cambio era un ser que iluminaba su entorno. Mirada brillante y activa. Al hablar, lo hacía vivamente y acompañaba todas sus expresiones con movimientos de sus manos que eran suaves y frescas. Era imposible ignorar su presencia. Elegante, correcto, amable. Podía prever su presencia sólo por el aroma de su piel.

- Hacer un viaje es una buena idea. Necesito alejarme de todo por unos días y pensar - mientras caminaba de un lado al otro de la sala con una de sus manos en la frente.

Todo estuvo organizado en pocos días. Ella propuso un destino y él, un recorrido.
La mujer se mantenía relajada a pesar de saber que algo pasaba por su cabeza. Nunca había dejado su trabajo. Ni siquiera le gustaba mucho manejar.

El paisaje era montañoso. Los caminos zigzagueaban recortando el paisaje.
Túnel, curva, contracurva, ruta. Otro túnel, otra curva y el auto golpea con algún animal y deja el camino. Se desliza levemente por el aire rebotando en la ladera pedregosa. Golpes, humo, ruido y silencio.

Varios meses después comenzaron sus apariciones.
Dicen que su culpa no deja que descanse en paz. Dicen que él debió morir con ella, si es que no lo hizo.
Yo sabía su historia.
Cuando nos vimos esa noche y me anunció su viaje, me parecía una buena idea. Pensé en las diferentes maneras en que él podría decirle que la dejaba, que volvía conmigo. En la reacción de ella, resignada. Esperaba su regreso, ansiosa.
Imaginaba mi nueva vida junto a Horacio. Nuestras conversaciones. Planes de futuro. Momentos compartidos.
Me olvidé de ella. No fue como esperaba.
Sus almas murieron juntas.

Carmen Cerminara

Finalista en la sección narrativa/cuento del I Certamen Mundial Excelencia Literaria MP Literary Edition, 2015.

"El regalo"



La reunión terminó como a las dos de la madrugada.
Él, despidió uno a uno a los pocos amigos invitados que partían quejándose del clima.
Esa humedad pesada que apenas acariciaba el empedrado pero transformaba sus cuerpos en masas pegajosas.
En la paz habitual del silencio reacomoda las sillas y lleva los vasos y copas a la mesada de la cocina. Mañana se ocupará de ellos. Levanta las servilletas de papel sucias, barre y se sienta en su sillón rojo con el aplomo de alguien un año más viejo. Desde allí, mira algunos regalos que aún no ha abierto. Escoge uno. El papel dorado prolijamente atado con una cinta blanca dejaba entrever un libro. No tenía tarjeta.
El movimiento de sus manos es torpe, tironea de la cinta hasta romperla. Arranca el papel con enojo alcoholizado y el libro cae. Una hoja manuscrita planea hacia el piso.
El calor inunda el ambiente y ejerce en él todo su peso, pero su mano se dirige hacia ella casi autónoma.
La lectura enciende sus ojos. Frota su mirada para confirmar. Bate su cabeza. Vuelve a leerla.
- Debo llegar antes – se dice.
Se mira al espejo, acomoda sus pelos, las gotas de sudor recorren la cara. Levanta los hombros resignado y sale con prisa.
Siguiendo el ritmo acelerado de sus pasos las luces reflejadas en los adoquines se encienden y apagan. Casi a destiempo, las ventanas dejan libres sus propias historias: la cena, la humedad, los espirales, el cigarrillo, las tostadas.
Avanza sin pensar en nada pero arrepentido de no hacer tantas cosas, lo que quería, lo que pensaba, tratando de aparentar lo que no es. Su inconciencia lo lleva directo al destino. Las calles se deslizan bajo sus rápidas pisadas.
Tenía que llegar antes.
Ésta es la esquina, ya llega. Sabe que es en esa cuadra, pero no recuerda el número. Observa las puertas girando sobre sí mismo. Parecen todas iguales hasta que sus ojos la encuentran.
Su mano derecha se cierra con toda la fuerza contenida. Duda en golpear. Piensa en aquella nota y entonces si, da tres golpes fuertes que hacen vibrar la madera oscura.
- ¡Abrí! - desea.
Vuelve a intentarlo  y casi sin fuerzas, golpea.
- ¡Abrí! - ordena.
Su cuerpo se desploma sobre el umbral. La humedad se trepa sobre su espalda haciéndola más pesada. La bronca estalla en llanto.
Su soledad ahora es más profunda.
Abre su mano izquierda y la nota ya es apenas un recuerdo de lo que fue. Cómo él.
- Ya es tarde – piensa.

Carmen Cerminara

En "Recorridos", Editorial Dunken, 2015.

"Si alguna vez una niña"

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Una pequeña niña agitaba su mano desde la esquina. Giré a ambos lados mi mirada buscando a quién
se dirigía. Volví a mirar y señalaba hacia un lado. Una mujer se acercó a ella y la siguió.

Un largo camino asfaltado conduce hacia la pequeña ciudad. Los montones de tierra fresca a ambos lados dejan adivinar que se trata de una nueva ruta. Atraviesa la bahía y llega a destino.
Diez cuadras componen la zona céntrica que se diferencia por tener algunos comercios. En el resto de las calles sólo hay viviendas.
Un relieve color pastel recubre los cerros formando grandes olas sobre su superficie ígnea. Se puede ver el incesante movimiento de los autos.
Al fondo, la precordillera con algunas pinceladas blancas glaciares. El suave viento fresco huele a mar, a cemento, a pueblo, a ciudad, a gente...
La mayoría de los pobladores trabajan en las grandes plantas de ensamble y embalaje de electrodomésticos.
Es un atardecer como cualquiera, pero oscuro.
Ella repite su largo día laboral desde hace un año.
Pero ese día, a la salida, se sintió cargada de energía, de ganas de no hacer las cosas que podía y  hacer aquellas que nunca hizo.
No fue a su casa. No se bañó y peinó. No preparó su cena ni la de su gato. No miró la serie que le gustaba, ni se quedó dormida en el sillón para luego caminar como sonámbula hasta su cama. No.
La mujer camina sin destino, imaginando figuras en las nubes.
Una pequeña niña la ve venir. La observa sin ningún gesto en su cara.
Esa nena tan chica y está sola en la calle, pensó Soledad. Si hubiera tenido una hija quizás se parecería a ella o no, se dijo.
Aunque mejor así sola. Cuando tenía su edad, todo era diferente. La vida es una aventura para alguien con diez años de experiencia. Quisiera verla dentro de treinta más.
No pudo deshacerse de esa mirada clavada en sus ojos. Quiso acercarse. Pero a medida que ella lo hacía la niña parecía deslizarse más lejos. Ahora quería hablarle pero no salían sonidos de sus labios.
Relámpagos.
Finalmente, la pequeña se detiene y señala una puerta azul oscura con un picaporte brillante y claro, y le pregunta si conoce ese lugar porque ella ve mucha gente que abre esa puerta y entra, pero nunca los ve salir. Que a veces tiene ganas de hacerlo ella pero que cree que no es un lugar para chicos sino para gente grande. Quiere saber si va a entrar porque si así fuera iba a esperarla de este lado de la puerta para que le cuente lo que encontró, y que si es lindo, cuando crezca podría ir, pero que si es feo también se lo cuente así le puede avisar a las otras personas.
La mujer nunca se atrevería a tocar esa manija y menos a abrir esa puerta si no fuera justo ese día en el que hace las cosas que nunca haría.
Llovía.
Lo hizo y la puerta se cerró casi golpeando su espalda. Varios minutos pasaron en espera de alguna acción. La recibió su gato que se acercó a las piernas como todos los días. Lo acarició, buscó el alimento y se lo dio. Cambió el agua. Se sacó su campera, la acomodó en un perchero detrás de la puerta dejando su cartera sobre una silla al pasar. Preparó la ropa interior limpia, se desnudó, se bañó. Ya con su camisón puesto, peinó su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados. Sacó de la heladera algo de comida que calentó en el horno a microondas y se sentó a disfrutar de la cena. Al terminar, sentada en el sillón escribió en su diario y luego miró otro capítulo de su serie favorita. Se perdió el final porque se quedó dormida. Al abrir los ojos, apagó la tele y casi como una sonámbula caminó hasta su cama. El ruido del despertador la sobresaltó. Las 6 de la mañana, hora de arreglarse para ir a trabajar.
Y Soledad cumplió con su jornada laboral casi autómata. Ahora sólo esperaba cumplir su horario para ir en busca de la niña y de la puerta, para entender qué había pasado y confirmar que fuera real o  asegurar su fantasía.
Esa tarde salió y caminó lentamente hacia aquella calle desconocida. Ni siquiera recordaba el trayecto pero se dejaba llevar.
Quizás debería volver a casa, pensó.
Finalmente, Soledad, encontró la puerta, tomó el picaporte con energía y abrió. La recibió su gato y todo volvió a empezar.
Lo cierto es que ella faltó a su trabajo. No un día, sino varios y consecutivos.
Una semana después y luego de encontrar una suplente para su puesto, el jefe, dio aviso a la policía.
Un silencioso operativo barrial indagó a vecinos y compañeros laborales para recoger datos sobre la desaparecida y armar un perfil psicológico. Hacía un año que ella había llegado a la ciudad. No le conocían amigos o familiares. Nunca hablaba de su vida pasada.
Agotadas todas las actuaciones, se dirigieron a la dirección indicada como domicilio en su ficha de personal.
Una niña de aproximadamente diez años los vio llegar. Los miró en silencio y señaló la casa de Soledad. Una puerta azul oscura con un picaporte brillante y claro.
Los agentes lograron entrar luego de romper la cerradura. Los recibió un gato que comenzó a deslizarse entre las piernas de un uniformado.
Detrás de la puerta se encontraba una campera colgada del perchero y sobre una silla, una cartera.
Había ropa en el suelo antes de entrar al baño. La cortina de la bañera estaba abierta, pero todo estaba seco. Un toallón, una toalla, el jabón ajado.
Sobre la mesa del comedor, un plato con restos de comida en dudoso estado y algunas migas alrededor. Sobre el sillón, su diario abierto.
En el dormitorio, ella. Con su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados, peinado. Con su camisón. Cómodamente muerta en su cama. Su piel pálida y limpia brillaba. Las manchas de sangre que salen de su pecho salpican todo alrededor. Sobre las paredes se reproducen las formas de las nubes.
Nadie encontraba algún indicio sobre lo sucedido. No había armas ni rastros de presencia de otra persona. En su mano derecha cerrada con fuerza lívida sostenía una llave. La misma con la que había cerrado la puerta para nunca volver a salir.
Un policía habló con la niña que se llamaba Ángeles, y ella le explicó que un día vio a la señora entrar, pero que nunca la vio salir. Que ya hacía una semana que la estaba esperando. Que ella tuvo ganas de entrar pero que creía que no es lo que debe hacer una niña, sino la gente grande. Que ya que él salió le gustaría saber si lo que hay adentro es lindo o feo. Porque si es lindo, a ella también le gustaría entrar por la puerta azul. Pero que si es feo,  les puede avisar a otras personas para que no lo hagan.
El agente no repondió. Se fue llevando con él, el diario íntimo de la víctima.

“14 de febrero de 2014

Al volver, la casa me recibió silenciosa.
Casi siempre por las noches me quedo en ella para no dejarlo solo, para evitar sentir la culpa de la infelicidad no compartida. Sólo dos semejantes compartiendo el espacio, sin testigos de la indiferencia y el destrato.
Me miré varias veces en el espejo. Observé los gestos queriendo interpretar qué sentía esa extraña ante mí. Me puse triste. Ella no era lo que esperó toda su vida, se encontraba en un camino sin fin, desamparada e impotente, resignada.
Al llegar él, lo recibí con el saludo de siempre. Pensé que necesitaba tomar algo y le serví un simple café con crema junto a esas masas secas de chocolate que tanto le gustan. Me senté frente a él. Lo observé sin oír lo que decía. Y cuando se asomó al balcón para ver el atardecer, lo empujé.
Sus manos trataban de aferrarse a la reja del balcón.
Me miró fijamente a los ojos. Pensó que era injusto cómo me había tratado todos estos años a pesar de mis atenciones, en cómo había cambiado mi vida desde que estaba con él, en los planes que nunca concretamos, en el aburrimiento en el que nos hundimos.
Mientras, sus manos casi blancas, se desprendían y su cuerpo caía envuelto de culpas pero entregado a su trágico destino.
No le dije que ya no lo amaba, que nuestros sueños no eran compartidos, que la vida me aburría día a día, que me sentía inerte en esta casa.
Arreglé mi maquillaje, me peiné y me paré frente al espejo. Observé los gestos queriendo interpretar qué sentía ahora esa extraña ante mí. Ya no estaba triste, sino aliviada.
Tengo que reiniciar mi vida.”

El cuerpo envuelto en sábanas blancas aún mantenía su posición rígida de paz y descanso eterno, por eso les costó cerrar la bolsa negra en la que fue trasladada hasta la morgue  judicial.
Pasaron varios meses hasta que llegó el informe de la autopsia. Sin ninguna razón física aparente, su corazón  estalló. La fuerza producida hizo que las costillas y el esternón se despedazaran y su piel se abriera como lonjas.
El cuerpo fue de la morgue al cementerio, sin que nadie reclamara por él.
Un cartel provisorio de madera escrito con pintura negra decía “Soledad”, ni un apellido la acompañaba, sólo la fecha: “14 de febrero de 2015”.
La puerta azul fue clausurada. Ángeles espera junto a su gato.

Carmen B. Cerminara

En "San Valentín sangriento", El lado oscuro, 2015.