Libertad
Tonto entró al local con un andar desordenado y un papel en su mano derecha.
Un trozo de hoja rayada un tanto arrugado con algunas letras escritas en mayúscula de imprenta con lapicera azul.
La puerta se golpeó al cerrar y quedó inmóvil esperando alguna señal o palabra.
Lo miró fijo y ambos parecían comunicarse. Tonto caminó unos pasos hasta el mostrador sin desviar la mirada y estiró su mano entregando el mensaje.
Él, con gesto amigable, lo observó unos segundos y estirando su mano, recibió la nota.
La apoyó sobre una mesa y con sus manos trató de plancharla sin romper.
Acomodó sus anteojos y enfocó la mirada en la nota.
Sus ojos no podían abrirse más. Releían. Ahora buscaban a Tonto que ya no estaba en el lugar.
Se puso un saco, cerró el local y fue en su búsqueda.
Desde la puerta observó a su alrededor. No podía estar lejos. Con su mano derecha mantenía apretado el papel en el bolsillo de su pantalón.
Caminó casi sin rumbo por varios minutos. Volvió a su auto. Seleccionó mentalmente el recorrido.
Al fin, mareado, se dirigió a su casa.
Entró y deseó verlo como siempre en el sillón, con sus movimientos pendulares continuos, la boca abierta haciendo algún sonido desconocido, sucio y desorientado.
No pudo soportar la soledad del hogar.
Se sentó en el umbral y esperó su regreso, moviendo la cabeza de un lado a otro, resignado.
El sonido de la sirena policial lo despertó cuando aún el sol no había salido.
Confirmaron su nombre. Lo tomaron de uno de sus brazos ayudándolo a incorporarse.
En silencio subió al móvil, resignado.
Los ojos sobresaltados leían el cartel que anunciaba “Morgue Policial”.
Asintió con la cabeza al ver al muerto.
- Es él.
En su mano húmeda, aún sostenía la nota: “TE DEJO LIBRE”.
En "Derribando muros", Tahiel ediciones, 2017

