Y al morir…
Las fotografías se encontraban en
una caja de zapatos amarillenta dentro de uno de los muebles de la casa.
Una vivienda amplia, de esas con un
gran patio en el que convergen las habitaciones de techos altos y húmedos.
De a poco van desapareciendo sus
pertenencias que fueron repartidas entre los familiares más cercanos.
Sin embargo, en las paredes quedan
grabados los ecos de sus voces. En el piso, las huellas de sus pisadas. Y en el aire, el aroma de la piel recién
bañada.
El desfile de parientes parecía
llevarse de a poco las evidencias de vida que alguna vez transcurrieron en
ella.
Quedó la caja. Nada valioso para el
común de la gente.
El viejo, recordaba sus años de
chasirete, en Plaza Italia. Y encontró en aquella caja recuerdos de su vida.
El camino pedregoso de la plaza
condiciona la posición del trípode que sostiene la cámara de madera. Bajo un
paño negro y en sólo un metro cuadrado se armaba toda una empresa.
Un domingo de sol anticipa un gran
día laboral. Familias, novios, amigos, son retratados en tan sólo cinco
minutos.
Una hilera de jacarandaes oficia de
telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
El chasirete se prepara para tomar
una fotografía más ante el pedido de los clientes.
Llegó el atardecer y el viejo se
encontró solo en la habitación, sentado sobre un cajón de madera y
observándolas una a una.
Las ordenaba en el piso en forma de
línea de tiempo de acuerdo al aspecto de las muchachas. Algunas coincidían y
las colocaba encima de otras.
Un conocedor como él, sabe
perfectamente en qué época fue tomada, en qué horario de acuerdo a la ubicación
del sol y hasta podría calificar la calidad de la impresión.
Era un hombre lento. Cada mirada lo
dejaba suspendido en el tiempo.
Pasaron horas hasta llegar a la
última de las fotos.
Con los árboles de fondo y las
piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a
la cámara.
Casi no se nota la diferencia de
edad entre ellas. La misma altura, el mismo largo de cabello. Sus vestidos eran
similares pero en diferentes gamas de grises.
Una de ellas tomaba de la cintura y
por detrás a la de su izquierda y algo más alejada la tercera, que sostenía con
su mano derecha el cabello que parecía volar con el viento.
Alrededor, algunos chicos jugando y
sus madres sentadas en el banco.
Ella es Ana. Su mirada se clava en
la suya.
Alegre y ágil.
Ana era descendiente de inmigrantes
italianos. Eso decían sus facciones. Delgada. Dejando notar su brazo fino y su
piel blanca.
Nunca sobresalió en la escuela
primaria. Transcurrió su secundaria sin mayores sobresaltos. Como era necesario
trabajar quedó trunca su vocación docente.
Largas jornadas como vendedora en la
zapatería de Don Julián, le daban el beneficio extra del calzado variado en sus
pies.
Por las noches al llegar, su madre
la recibe amablemente y con la cena lista.
No hay tiempo para novios. No hay
tiempo para su propia vida.
Ese domingo, disfrutó del sol por
Plaza Italia, en compañía.
Se acerca al chasirete que está sentado
en su silla de madera blanca y lo consulta sobre el precio de la fotografía. Le
parece algo cara. Lo mira, le dice algo, sonríe y al final se agrupa en pose
esperando la toma.
-
¡Listo!
- dice el viejo.
Ana toma por la cintura a Julia.
Ella tiene una mirada resignada. Con
el deseo guardado de estar en otro sitio. Imaginando estar con alguien más. En
el acercamiento. Los roces. Los aromas. Las sensaciones.
Siempre sobresalió entre otras. Las
mejores calificaciones y todas las felicitaciones por esta niña ejemplar que no
trabaja, pero ayuda a su madre con todas las tareas familiares.
Más distante, está Mara. Sostiene su
cabello que vuela con el viento. Se siente diferente. Comparte el espacio pero
no el afecto. Obligada.
Sus labios se mantienen relajados.
Sin expresión. Pero sus ojos hablan. Una búsqueda incansable en el espacio. La
necesidad de un brújula que oriente su vida, hacia un camino adecuado para
ella.
Las tres parecen pertenecer al mismo
árbol genealógico. La figura, el rostro, el caminar.
El viejo cae abatido con el
anochecer.
Por la mañana, despierta sentado en
el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y
la hilera de fotografías ordenadas. En sus manos aquella foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de
jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca,
otras sentadas en los bancos. Ahora tres palomas blancas ocupan el centro de la
escena. Dos, picoteando y una con las alas extendidas.
El correr de algunos niños las
alteran y emprenden vuelo. Las ve alejarse del lugar y desaparecer de la
imagen.
A pesar de estar solo en el lugar se
oyen algunos ruidos. Se levanta y camina hacia ellos.
Por la ventana asoman dos palomas
blancas. Las observa.
Entran y se posan en el piso de
madera.
Ahora ellas miran como coloca los
retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja. Pero esa foto, la
última, la lleva consigo a su casa.
Nadie volvió a habitar esa vivienda.
Algunas personas dicen que se oyen las voces de las mujeres.
Que Ana vuelve de trabajar y Julia
la recibe con la cena amablemente, mientras Mara se mantiene alejada siempre
con la mirada curiosa e inquieta.
Por las tardes se oye la música por
la ventana que da a la calle. Y a veces, el sonido de la escoba barriendo el
patio central o las canillas abiertas derrochando el agua.
El viejo es el único que vuelve.
Trae algunas semillas para nosotras, las palomas blancas.
Ana y Julia, siempre juntas y yo,
alejada buscando mi destino. Observando atenta.
Hoy trajo la foto entre sus manos.
Por la mañana, despierta sentado en
el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y
la hilera de fotografías ordenadas. Observa fijamente la foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de
jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca,
otras sentadas en los bancos.
Con los árboles de fondo y las
piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a
la cámara.
Ahora coloca los retratos uno sobre
otro y sin alterar el orden, en la caja.
Recorre con su mirada la casa
silenciosa. Cierra la puerta como si fuera la última vez.
Ya no estamos ahí.
Con nuestro pasado guardado, fuimos
libre de volar hacia nuevos destinos. Ana y Julia hacia el norte y yo,
siguiendo la brújula del viento.
Mina Mencar
XLVII CONCURSO INTERNACIONAL DE POESIA Y NARRATIVA“Confluencia de Palabras 2015”
“MENCIÓN DE HONOR”, en el género: …NARRATIVA
