La 83
La lluvia venía amenazando desde hacía varios días. El paraguas dentro de mi cartera acompañaba mis viajes de ida y vuelta al trabajo.
- Mañana vengo más tarde. Me voy a buscar los papeles del auto. Espero terminar con esto ya.
- Bueno. No hay problema.
Despierto al horario de siempre y desayuno lo mismo de todos los días. Miro por el balcón del séptimo piso y las nubes acechan oscuras sobre la ciudad. Viernes. Trámites.
Nunca voy en auto para la zona de Congreso pero esta vez decidí hacerlo sólo por comodidad.
Algunas gotas caen al parabrisas.
Más gotas caen.
Chaparrón sobre mí.
Mi paraguas y yo nos dirigimos a la oficina del Registro del Automotor. Tengo que retirar los papeles definitivos que confirman que el auto que compré hace poco más de un mes es mío.
Llegué a horario junto con varias personas más. Los empleados, no.
Saqué del talonario un número para la atención de particulares: 83.
Había cuatro sillas disponibles. Me ubiqué en una de ellas.
Espero.
El lugar se sentía destemplado. Muchas luces aclaraban el momento. Un gran pizarrón estaba frente a mí, con diferentes noticias, informaciones y sugerencias. Una pantalla led en el rincón, con imágenes de promoción de las tareas realizadas por la nueva dirigencia del sector. Un mostrador alto. Gente mojada. Piso goteado. Hombre semidormido en otra silla. Señora golpeando su zapato en compás de espera. Hombre y mujer de características físicas similares que parecían ser un matrimonio. Otro señor elegante con zapatos de cuero, maletín e impermeable seco. Yo.
Comienza la atención al público
77
-Hola linda. Te cuento que tengo que entregar esto. Hacer firmar a ambos. Darte la fotocopia de los documentos. Que la señora me firme la planilla. Me entregues los papeles del otro auto. Firmes este otro formulario. Busques la carpeta del que te traje ayer. Pago los aranceles cuando vuelvo el martes si vos me das los comprobantes de pago ahora.
-Bueno. Vamos de a uno.
-Siiiiiii, sin apuro - sonríe y al darse vuelta nos observa con fastidio.
La 77, de unos sesenta y tantos años, delgada, de largas piernas, con una cabellera larga y oscura, lleva una carpeta con papeles en la mano. Sus labios rojos se mueven a una velocidad sorpresiva, lo que invita a no retirar los ojos de ellos.
Desde que se jubiló, se dedica a hacer los trámites de los autos que compra y vende su marido. Muy cómodo en el local, espera que ella resuelva todo y luego los entrega a los nuevos dueños. Claro que es mejor andar por la calle y disfrutar el día, cuando no llueve, pero a veces, preferiría quedarse en su casa haciendo lo que hacen las jubiladas.
Él y ella, apoyados en el mostrador no tenían espacio para opinar. La observaban.
La mujer con sus brazos cruzados sobre la panza mantiene una postura que delata la sensación de agobio. Peinada con una colita desprolija que deja algunos pelos libres enmarcando su cara redondeada, sin maquillaje, con la camisa arrugada y las zapatillas empapadas, pensaba en la nena que hoy se quedó en casa de su abuela. Seguramente está durmiendo todavía. Espera que tome el desayuno para no tener hambre temprano, antes que ella llegue. Repasa los ingredientes que compró para preparar el almuerzo. No se olvidó ninguno. Cerca de las doce y media tiene que estar hecho.
Sin emitir sonido busca su documento de identidad revolviendo su cartera. La 77, con su brazo estirado para recibirlo.
- Vos querido, andá a buscar una fotocopiadora abierta para sacar una copia de esto. Total hay tiempo, hasta que ella lo encuentre - dijeron los labios rojos.
Y fue a mojarse. Sin decir nada. Complaciente.
- ¿Y querida? ¿Lo encontraste?
- No. Es que cambié de cartera. A lo mejor, lo tiene él en su bolsillo.
El tiempo se detuvo. No se podía avanzar.
Esperamos.
El salvador volvió triunfante con todo lo solicitado en su mano. Los dos pisos por escalera lo hicieron agitar.
De la misma estatura de su mujer y con la misma panza que ella, la camisa arrugada y despeinado se dirige a la 77.
Los labios rojos ahora, mantienen su ritmo en voz casi inaudible hacia la empleada que los observaba inmóvil.
- Ok. Volvé el martes entonces y vemos si falta algo.
- ¡Gracias linda! Buen fin de semana. - Y mirando al matrimonio les hace un gesto con la mano para que la sigan.
Seis pies descargando su impotencia en la escalera se escuchan alejar. Los labios rojos, cuchicheaban.
78
…………
79
Un sobresalto despertó al señor que cabeceaba luchando contra la pared en cada caída.
Abriendo sus ojos al máximo, mira el número en su mano confirmando la realidad: era su turno.
Es muy lenta la llegada al mostrador.
El 79 tiene una gran papada. Casi lo obliga a mantener su rostro erguido. Al tanteo agarra sus papeles, su bolso, el paraguas, una bolsita negra y su campera, y camina hacia la voz del llamado.
Las manos ajadas muestran un mapa de arrugas que indican los años de trabajo como mecánico.
Tiene un pequeño taller en la zona sur que a la noche se transforma en su dormitorio. Lo alquila desde que se divorció de su segunda mujer. Tiene tres hijos con cada una y debe mantener ambas casas.
Es de esos mecánicos caros a los que algunos llaman ladrón.
Ahorró lo suficiente para comprarse un auto y pasear con los chicos los fines de semana y con su novia, ocasionalmente.
Entrega con cautela un papel a la empleada. Firma el recibo. Guarda todo en la bolsita negra. Saluda y se retira.
80
El señor elegante con algo más de cincuenta años de vida, mira alrededor para reafirmar su seguridad al mostrar el número en mano. Aclara su garganta antes de emitir sonido y saluda amable a la empleada al tiempo que pasa la mano por su cabeza escasa en pelos, secando algunas gotas de su bocha brillante.
Sus zapatos de cuero marrón tienen las puntas más oscuras por el agua. Eso le molesta demasiado. Los mira y trata de ocultarlos debajo del mostrador. El pantalón de vestir con su raya bien marcada y sin arrugas, desaparece bajo el impermeable al tono, abotonado y prolijo.
El 80 acaba de ser abuelo. A la mañana se preparó para la ocasión. Presentable y perfumado para su nieto. Sólo tenía que terminar con estos trámites y conocería al bebé. Su hija mayor, casada desde hace un par de años, al fin fue madre.
No lleva alianza en su mano izquierda. Prefiere no demostrar su estado civil. Sostiene que de esa manera consigue más clientas. Es contador y alterna su vida familiar con el oficio del levante momentáneo. Las relaciones efímeras que no dejan huella.
- ¡Hola linda! Hace tiempo que no venía y te encuentro cada vez más bonita.
- Gracias.
Con mirada fija en la de ella, habla seductor y suave, pronunciando con corrección y lento. Hace alguna broma que festejan al reír. La chica se sonroja mientras busca la carpeta.
Firma unas planillas, lee alguna página impresa, entrega la lapicera en sus manos, agradece.
Con la misma elegancia que llegó, el 80 se retira dejando su aroma en el lugar y a las mujeres, encantadas.
81
…………
82
…………..
83
- ¡Si! Yo. Ya voy.
Hace casi dos meses que compré un auto usado. Y durante ese tiempo pensé que algo malo pasaba con él.
Mi circulación hacia el mostrador es tan temerosa como mi sensación.
Viuda, rondando los cincuenta años, con tres hijas grandes, sólo conté con la ayuda de un mecánico amigo que no se parecía en nada al 79.
Acostumbrada a la mala suerte, desconfío de todo lo que ocurre a mi alrededor. Hasta de alguien como el 80, aunque se llene de perfume importado.
Ya fui 21, un día miércoles y 52, un jueves, así que hoy es el día definitivo.
- Los papeles están, pero ¿te dijeron cuánto tenías que abonar?
- No. Decime vos - y pensé en la 77 que podría resolver mis problemas mientras me quedo tranquila en mi trabajo.
La empleada me mostró la calculadora con el total.
- Me faltan trescientos pesos. Voy al banco y vuelvo.
Parecía sencillo.
Tormenta. Viento. Paraguas. Banco 1: sin plata. Más lluvia. Más cuadras. Banco 2: sin plata. Viento. Agua entrando en mis zapatos. Banco 3: retiro el dinero. Lluvia. Viento. Registro.
- Lo logré. Listo. - mientras mi cuerpo goteaba entusiasmo.
Ahora espero que me llamen de la caja.
Son pocos y fríos minutos que se estiran mientras no llega ningún 84.
Terminó el conteo.
Pago, me abrigo y me voy directo al trabajo. Al salir ya no llueve y asoma el brillo del sol que con esfuerzo quiere salir. Llevo bajo mi brazo una carpeta azul con la documentación de mi auto. Ya lo siento mío.
Atrás una puerta se cierra lentamente: “Cerrado”.
Fin de atención al público
En "Amarillo", Ser Seres Ediciones, 2017
