La reunión terminó como a las dos de la madrugada.
Él, despidió uno a uno a los pocos amigos invitados que partían quejándose del clima.
Esa humedad pesada que apenas acariciaba el empedrado pero transformaba sus cuerpos en masas pegajosas.
En la paz habitual del silencio reacomoda las sillas y lleva los vasos y copas a la mesada de la cocina. Mañana se ocupará de ellos. Levanta las servilletas de papel sucias, barre y se sienta en su sillón rojo con el aplomo de alguien un año más viejo. Desde allí, mira algunos regalos que aún no ha abierto. Escoge uno. El papel dorado prolijamente atado con una cinta blanca dejaba entrever un libro. No tenía tarjeta.
El movimiento de sus manos es torpe, tironea de la cinta hasta romperla. Arranca el papel con enojo alcoholizado y el libro cae. Una hoja manuscrita planea hacia el piso.
El calor inunda el ambiente y ejerce en él todo su peso, pero su mano se dirige hacia ella casi autónoma.
La lectura enciende sus ojos. Frota su mirada para confirmar. Bate su cabeza. Vuelve a leerla.
- Debo llegar antes – se dice.
Se mira al espejo, acomoda sus pelos, las gotas de sudor recorren la cara. Levanta los hombros resignado y sale con prisa.
Siguiendo el ritmo acelerado de sus pasos las luces reflejadas en los adoquines se encienden y apagan. Casi a destiempo, las ventanas dejan libres sus propias historias: la cena, la humedad, los espirales, el cigarrillo, las tostadas.
Avanza sin pensar en nada pero arrepentido de no hacer tantas cosas, lo que quería, lo que pensaba, tratando de aparentar lo que no es. Su inconciencia lo lleva directo al destino. Las calles se deslizan bajo sus rápidas pisadas.
Tenía que llegar antes.
Ésta es la esquina, ya llega. Sabe que es en esa cuadra, pero no recuerda el número. Observa las puertas girando sobre sí mismo. Parecen todas iguales hasta que sus ojos la encuentran.
Su mano derecha se cierra con toda la fuerza contenida. Duda en golpear. Piensa en aquella nota y entonces si, da tres golpes fuertes que hacen vibrar la madera oscura.
- ¡Abrí! - desea.
Vuelve a intentarlo y casi sin fuerzas, golpea.
- ¡Abrí! - ordena.
Su cuerpo se desploma sobre el umbral. La humedad se trepa sobre su espalda haciéndola más pesada. La bronca estalla en llanto.
Su soledad ahora es más profunda.
Abre su mano izquierda y la nota ya es apenas un recuerdo de lo que fue. Cómo él.
- Ya es tarde – piensa.
Carmen Cerminara
En "Recorridos", Editorial Dunken, 2015.
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