sábado, 20 de junio de 2015

"Si alguna vez una niña"

Resultado de imagen para casa con puerta azul

Una pequeña niña agitaba su mano desde la esquina. Giré a ambos lados mi mirada buscando a quién
se dirigía. Volví a mirar y señalaba hacia un lado. Una mujer se acercó a ella y la siguió.

Un largo camino asfaltado conduce hacia la pequeña ciudad. Los montones de tierra fresca a ambos lados dejan adivinar que se trata de una nueva ruta. Atraviesa la bahía y llega a destino.
Diez cuadras componen la zona céntrica que se diferencia por tener algunos comercios. En el resto de las calles sólo hay viviendas.
Un relieve color pastel recubre los cerros formando grandes olas sobre su superficie ígnea. Se puede ver el incesante movimiento de los autos.
Al fondo, la precordillera con algunas pinceladas blancas glaciares. El suave viento fresco huele a mar, a cemento, a pueblo, a ciudad, a gente...
La mayoría de los pobladores trabajan en las grandes plantas de ensamble y embalaje de electrodomésticos.
Es un atardecer como cualquiera, pero oscuro.
Ella repite su largo día laboral desde hace un año.
Pero ese día, a la salida, se sintió cargada de energía, de ganas de no hacer las cosas que podía y  hacer aquellas que nunca hizo.
No fue a su casa. No se bañó y peinó. No preparó su cena ni la de su gato. No miró la serie que le gustaba, ni se quedó dormida en el sillón para luego caminar como sonámbula hasta su cama. No.
La mujer camina sin destino, imaginando figuras en las nubes.
Una pequeña niña la ve venir. La observa sin ningún gesto en su cara.
Esa nena tan chica y está sola en la calle, pensó Soledad. Si hubiera tenido una hija quizás se parecería a ella o no, se dijo.
Aunque mejor así sola. Cuando tenía su edad, todo era diferente. La vida es una aventura para alguien con diez años de experiencia. Quisiera verla dentro de treinta más.
No pudo deshacerse de esa mirada clavada en sus ojos. Quiso acercarse. Pero a medida que ella lo hacía la niña parecía deslizarse más lejos. Ahora quería hablarle pero no salían sonidos de sus labios.
Relámpagos.
Finalmente, la pequeña se detiene y señala una puerta azul oscura con un picaporte brillante y claro, y le pregunta si conoce ese lugar porque ella ve mucha gente que abre esa puerta y entra, pero nunca los ve salir. Que a veces tiene ganas de hacerlo ella pero que cree que no es un lugar para chicos sino para gente grande. Quiere saber si va a entrar porque si así fuera iba a esperarla de este lado de la puerta para que le cuente lo que encontró, y que si es lindo, cuando crezca podría ir, pero que si es feo también se lo cuente así le puede avisar a las otras personas.
La mujer nunca se atrevería a tocar esa manija y menos a abrir esa puerta si no fuera justo ese día en el que hace las cosas que nunca haría.
Llovía.
Lo hizo y la puerta se cerró casi golpeando su espalda. Varios minutos pasaron en espera de alguna acción. La recibió su gato que se acercó a las piernas como todos los días. Lo acarició, buscó el alimento y se lo dio. Cambió el agua. Se sacó su campera, la acomodó en un perchero detrás de la puerta dejando su cartera sobre una silla al pasar. Preparó la ropa interior limpia, se desnudó, se bañó. Ya con su camisón puesto, peinó su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados. Sacó de la heladera algo de comida que calentó en el horno a microondas y se sentó a disfrutar de la cena. Al terminar, sentada en el sillón escribió en su diario y luego miró otro capítulo de su serie favorita. Se perdió el final porque se quedó dormida. Al abrir los ojos, apagó la tele y casi como una sonámbula caminó hasta su cama. El ruido del despertador la sobresaltó. Las 6 de la mañana, hora de arreglarse para ir a trabajar.
Y Soledad cumplió con su jornada laboral casi autómata. Ahora sólo esperaba cumplir su horario para ir en busca de la niña y de la puerta, para entender qué había pasado y confirmar que fuera real o  asegurar su fantasía.
Esa tarde salió y caminó lentamente hacia aquella calle desconocida. Ni siquiera recordaba el trayecto pero se dejaba llevar.
Quizás debería volver a casa, pensó.
Finalmente, Soledad, encontró la puerta, tomó el picaporte con energía y abrió. La recibió su gato y todo volvió a empezar.
Lo cierto es que ella faltó a su trabajo. No un día, sino varios y consecutivos.
Una semana después y luego de encontrar una suplente para su puesto, el jefe, dio aviso a la policía.
Un silencioso operativo barrial indagó a vecinos y compañeros laborales para recoger datos sobre la desaparecida y armar un perfil psicológico. Hacía un año que ella había llegado a la ciudad. No le conocían amigos o familiares. Nunca hablaba de su vida pasada.
Agotadas todas las actuaciones, se dirigieron a la dirección indicada como domicilio en su ficha de personal.
Una niña de aproximadamente diez años los vio llegar. Los miró en silencio y señaló la casa de Soledad. Una puerta azul oscura con un picaporte brillante y claro.
Los agentes lograron entrar luego de romper la cerradura. Los recibió un gato que comenzó a deslizarse entre las piernas de un uniformado.
Detrás de la puerta se encontraba una campera colgada del perchero y sobre una silla, una cartera.
Había ropa en el suelo antes de entrar al baño. La cortina de la bañera estaba abierta, pero todo estaba seco. Un toallón, una toalla, el jabón ajado.
Sobre la mesa del comedor, un plato con restos de comida en dudoso estado y algunas migas alrededor. Sobre el sillón, su diario abierto.
En el dormitorio, ella. Con su cabello largo y oscuro con algunos brillos plateados, peinado. Con su camisón. Cómodamente muerta en su cama. Su piel pálida y limpia brillaba. Las manchas de sangre que salen de su pecho salpican todo alrededor. Sobre las paredes se reproducen las formas de las nubes.
Nadie encontraba algún indicio sobre lo sucedido. No había armas ni rastros de presencia de otra persona. En su mano derecha cerrada con fuerza lívida sostenía una llave. La misma con la que había cerrado la puerta para nunca volver a salir.
Un policía habló con la niña que se llamaba Ángeles, y ella le explicó que un día vio a la señora entrar, pero que nunca la vio salir. Que ya hacía una semana que la estaba esperando. Que ella tuvo ganas de entrar pero que creía que no es lo que debe hacer una niña, sino la gente grande. Que ya que él salió le gustaría saber si lo que hay adentro es lindo o feo. Porque si es lindo, a ella también le gustaría entrar por la puerta azul. Pero que si es feo,  les puede avisar a otras personas para que no lo hagan.
El agente no repondió. Se fue llevando con él, el diario íntimo de la víctima.

“14 de febrero de 2014

Al volver, la casa me recibió silenciosa.
Casi siempre por las noches me quedo en ella para no dejarlo solo, para evitar sentir la culpa de la infelicidad no compartida. Sólo dos semejantes compartiendo el espacio, sin testigos de la indiferencia y el destrato.
Me miré varias veces en el espejo. Observé los gestos queriendo interpretar qué sentía esa extraña ante mí. Me puse triste. Ella no era lo que esperó toda su vida, se encontraba en un camino sin fin, desamparada e impotente, resignada.
Al llegar él, lo recibí con el saludo de siempre. Pensé que necesitaba tomar algo y le serví un simple café con crema junto a esas masas secas de chocolate que tanto le gustan. Me senté frente a él. Lo observé sin oír lo que decía. Y cuando se asomó al balcón para ver el atardecer, lo empujé.
Sus manos trataban de aferrarse a la reja del balcón.
Me miró fijamente a los ojos. Pensó que era injusto cómo me había tratado todos estos años a pesar de mis atenciones, en cómo había cambiado mi vida desde que estaba con él, en los planes que nunca concretamos, en el aburrimiento en el que nos hundimos.
Mientras, sus manos casi blancas, se desprendían y su cuerpo caía envuelto de culpas pero entregado a su trágico destino.
No le dije que ya no lo amaba, que nuestros sueños no eran compartidos, que la vida me aburría día a día, que me sentía inerte en esta casa.
Arreglé mi maquillaje, me peiné y me paré frente al espejo. Observé los gestos queriendo interpretar qué sentía ahora esa extraña ante mí. Ya no estaba triste, sino aliviada.
Tengo que reiniciar mi vida.”

El cuerpo envuelto en sábanas blancas aún mantenía su posición rígida de paz y descanso eterno, por eso les costó cerrar la bolsa negra en la que fue trasladada hasta la morgue  judicial.
Pasaron varios meses hasta que llegó el informe de la autopsia. Sin ninguna razón física aparente, su corazón  estalló. La fuerza producida hizo que las costillas y el esternón se despedazaran y su piel se abriera como lonjas.
El cuerpo fue de la morgue al cementerio, sin que nadie reclamara por él.
Un cartel provisorio de madera escrito con pintura negra decía “Soledad”, ni un apellido la acompañaba, sólo la fecha: “14 de febrero de 2015”.
La puerta azul fue clausurada. Ángeles espera junto a su gato.

Carmen B. Cerminara

En "San Valentín sangriento", El lado oscuro, 2015.


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