domingo, 4 de septiembre de 2016

De soledades.


De soledades



     Los conventillos son el lugar casi obligado para los inmigrantes. Grandes patios centrales se rodean de habitaciones con variados inquilinos: españoles, italianos, judíos, árabes. Los techos de chapa musicalizan el lugar los días de lluvia. Las paredes de llamativos colores dan al barrio un aspecto festivo.
     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parece presentar una larga velada para todos.
     En uno de ellos, en la pieza del fondo, yace él.
     Las luces de las velas alumbran pálidamente a los concurrentes. Techos altos. Muebles oscuros. Un ambiente con aroma a húmedo recibe a los conocidos. Se mezcla en el aire el olor a flores con los perfumes de la gente.
     Todas las miradas centradas en el cuerpo ya sin vida de Don Justo Sierras Cortado         terminando su vida tan solo como nació y vivió.
     A mi derecha está ella mirándolo fijamente, con un gesto reflexivo que esconde su habitual sonrisa.
     Piensa en su familia, la calle, el pecado, los vecinos, la confesión, el perdón, el pecado, la soledad, sus zapatos, su ropa, su vida, el cura, el pecado, las palabras, las charlas, los gritos, el patio, su soledad, su vida, él, su pena, las miradas, su trabajo, la felicidad, la paz, la muerte, la luz, más pecado.
     A la derecha del muerto está Carlos. Cautivante como siempre. Una presencia milonguera pero sin brillo en la mirada que se dirige a Don Justo. Mueve sutilmente su cabeza de un lado al otro pensando en el aroma, las pilchas, las minas, la vida, el escabio, las luces, las calles, la soledad, la milonga, un tango, el café, la gomina, la muerte, los amigos, su madre, la noche, su vida, el funyi, el bar, ella, el billar, la noche.
     Ambos cruzaron sus miradas al despedirse de los presentes. Hasta Don Justo lo sintió.
Luego salieron como dos extraños.

     Yo acostumbro barrer la vereda por las tardes y a veces me doy maña leyendo las manos de los vecinos. “Vieja bruja”, me dicen. Me aprovecho para decir lo que algunos quieren escuchar y callar lo que no quieren oír.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije a él─. Acá veo muchos enganches pibe, pero al final se ve profunda. Alguna mina que te tiene marcado.
Él, atento a mis palabras, preguntó:
     ─¿Y la de la vida Doña? ¿Qué me dice?
     ─Mejor dedicate al amor que es más placentero. ─Guiñé un ojo y me fui pensando: Además tenés que apurarte, es corta pibe, te queda poco.
     La mano de ella estaba fría. Pero tímidamente la acercó.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije─. Acá veo demasiados placeres piba, pero al final se ve profunda. Algún pebete que te enamoró. ─Me rajé, ya era tarde.
(Estoy empezando a sospechar algo. Con las líneas de la vida no me va nada bien. A ésta también se la veo corta.)
     Todas las tardes los veía salir, ella por Magallanes hacia la plaza y él para Garibaldi. Nunca les dije que llegar a mi edad juntando soledad no era bueno. No hacía falta.
     Los imaginaba encontrándose en una esquina. Abrazados, frotando sus cuerpos mientras se besan. Sus manos llegando a lugares oscuros. Ahora apoyados en la pared, mientras oscurecía lo suficiente como para recorrer en silencio la galería y atravesar el patio para entrar a la habitación sin que nadie los viera, desnudarse con la simpleza de lo natural  y amarse como si fuera la última vez. Y luego de dos o tres horas, en silencio, como si nada hubiera pasado, regresar a la apariencia.

     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parecía presentar otra  larga velada para todos.
     Él, salió como siempre tarareando un tango. Ella, con pasos ligeros dejando su aroma perfumado.
Nunca volvieron.
Carmen B Cerminara
En "Voces del Gla", 2016
Ed. Dunken

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