miércoles, 5 de agosto de 2015




Y al morir…

Las fotografías se encontraban en una caja de zapatos amarillenta dentro de uno de los muebles de la casa.
Una vivienda amplia, de esas con un gran patio en el que convergen las habitaciones de techos altos y húmedos.
De a poco van desapareciendo sus pertenencias que fueron repartidas entre los familiares más cercanos.
Sin embargo, en las paredes quedan grabados los ecos de sus voces. En el piso, las huellas de sus pisadas. Y  en el aire, el aroma de la piel recién bañada.
El desfile de parientes parecía llevarse de a poco las evidencias de vida que alguna vez transcurrieron en ella.
Quedó la caja. Nada valioso para el común de la gente.
El viejo, recordaba sus años de chasirete, en Plaza Italia. Y encontró en aquella caja recuerdos de su vida.
El camino pedregoso de la plaza condiciona la posición del trípode que sostiene la cámara de madera. Bajo un paño negro y en sólo un metro cuadrado se armaba toda una empresa.
Un domingo de sol anticipa un gran día laboral. Familias, novios, amigos, son retratados en tan sólo cinco minutos.
Una hilera de jacarandaes oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
El chasirete se prepara para tomar una fotografía más ante el pedido de los clientes.
Llegó el atardecer y el viejo se encontró solo en la habitación, sentado sobre un cajón de madera y observándolas una a una.
Las ordenaba en el piso en forma de línea de tiempo de acuerdo al aspecto de las muchachas. Algunas coincidían y las colocaba encima de otras.
Un conocedor como él, sabe perfectamente en qué época fue tomada, en qué horario de acuerdo a la ubicación del sol y hasta podría calificar la calidad de la impresión.
Era un hombre lento. Cada mirada lo dejaba suspendido en el tiempo.
Pasaron horas hasta llegar a la última de las fotos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Casi no se nota la diferencia de edad entre ellas. La misma altura, el mismo largo de cabello. Sus vestidos eran similares pero en diferentes gamas de grises.
Una de ellas tomaba de la cintura y por detrás a la de su izquierda y algo más alejada la tercera, que sostenía con su mano derecha el cabello que parecía volar con el viento.
Alrededor, algunos chicos jugando y sus madres sentadas en el banco.
Ella es Ana. Su mirada se clava en la suya.
Alegre y ágil.
Ana era descendiente de inmigrantes italianos. Eso decían sus facciones. Delgada. Dejando notar su brazo fino y su piel blanca.
Nunca sobresalió en la escuela primaria. Transcurrió su secundaria sin mayores sobresaltos. Como era necesario trabajar quedó trunca su vocación docente.
Largas jornadas como vendedora en la zapatería de Don Julián, le daban el beneficio extra del calzado variado en sus pies.
Por las noches al llegar, su madre la recibe amablemente y con la cena lista.
No hay tiempo para novios. No hay tiempo para su propia vida.
Ese domingo, disfrutó del sol por Plaza Italia, en compañía.
Se acerca al chasirete que está sentado en su silla de madera blanca y lo consulta sobre el precio de la fotografía. Le parece algo cara. Lo mira, le dice algo, sonríe y al final se agrupa en pose esperando la toma.
-          ¡Listo! - dice el viejo.
Ana toma por la cintura a Julia.
Ella tiene una mirada resignada. Con el deseo guardado de estar en otro sitio. Imaginando estar con alguien más. En el acercamiento. Los roces. Los aromas. Las sensaciones.
Siempre sobresalió entre otras. Las mejores calificaciones y todas las felicitaciones por esta niña ejemplar que no trabaja, pero ayuda a su madre con todas las tareas familiares.
Más distante, está Mara. Sostiene su cabello que vuela con el viento. Se siente diferente. Comparte el espacio pero no el afecto. Obligada.
Sus labios se mantienen relajados. Sin expresión. Pero sus ojos hablan. Una búsqueda incansable en el espacio. La necesidad de un brújula que oriente su vida, hacia un camino adecuado para ella.
Las tres parecen pertenecer al mismo árbol genealógico. La figura, el rostro, el caminar.

El viejo cae abatido con el anochecer.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. En sus manos aquella foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos. Ahora tres palomas blancas ocupan el centro de la escena. Dos, picoteando y una con las alas extendidas.
El correr de algunos niños las alteran y emprenden vuelo. Las ve alejarse del lugar y desaparecer de la imagen.
A pesar de estar solo en el lugar se oyen algunos ruidos. Se levanta y camina hacia ellos.
Por la ventana asoman dos palomas blancas. Las observa.
Entran y se posan en el piso de madera.
Ahora ellas miran como coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja. Pero esa foto, la última, la lleva consigo a su casa.

Nadie volvió a habitar esa vivienda. Algunas personas dicen que se oyen las voces de las mujeres.
Que Ana vuelve de trabajar y Julia la recibe con la cena amablemente, mientras Mara se mantiene alejada siempre con la mirada curiosa e inquieta.
Por las tardes se oye la música por la ventana que da a la calle. Y a veces, el sonido de la escoba barriendo el patio central o las canillas abiertas derrochando el agua. 
El viejo es el único que vuelve. Trae algunas semillas para nosotras, las palomas blancas.
Ana y Julia, siempre juntas y yo, alejada buscando mi destino. Observando atenta.

Hoy trajo la foto entre sus manos.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. Observa fijamente la foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Ahora coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja.
Recorre con su mirada la casa silenciosa. Cierra la puerta como si fuera la última vez.
Ya no estamos ahí.
Con nuestro pasado guardado, fuimos libre de volar hacia nuevos destinos. Ana y Julia hacia el norte y yo, siguiendo la brújula del viento.

Mina Mencar
XLVII CONCURSO INTERNACIONAL  DE POESIA Y NARRATIVA
 “Confluencia de Palabras 2015”
“MENCIÓN DE HONOR”, en el género: …NARRATIVA

1 comentario: