domingo, 2 de abril de 2017

La 83


La 83


La lluvia venía amenazando desde hacía varios días. El paraguas dentro de mi cartera acompañaba mis viajes de ida y vuelta al trabajo.
- Mañana vengo más tarde. Me voy a buscar los papeles del auto. Espero terminar con esto ya.
- Bueno. No hay problema.
Despierto al horario de siempre y desayuno lo mismo de todos los días. Miro por el balcón del séptimo piso y las nubes acechan oscuras sobre la ciudad. Viernes. Trámites.
Nunca voy en auto para la zona de Congreso pero esta vez decidí hacerlo sólo por comodidad.
Algunas gotas caen al parabrisas.
Más gotas caen.
Chaparrón sobre mí.
Mi paraguas y yo nos dirigimos a la oficina del Registro del Automotor. Tengo que retirar los papeles definitivos que confirman que el auto que compré hace poco más de un mes es mío.
Llegué a horario junto con varias personas más. Los empleados, no.
Saqué del talonario un número para la atención de particulares: 83.
Había cuatro sillas disponibles. Me ubiqué en una de ellas.
Espero.
El lugar se sentía destemplado. Muchas luces aclaraban el momento. Un gran pizarrón estaba frente a mí, con diferentes noticias, informaciones y sugerencias. Una pantalla led en el rincón, con imágenes de promoción de las tareas realizadas por la nueva dirigencia del sector. Un mostrador alto. Gente mojada. Piso goteado. Hombre semidormido en otra silla. Señora golpeando su zapato en compás de espera. Hombre y mujer de características físicas similares que parecían ser un matrimonio. Otro señor elegante con zapatos de cuero, maletín e impermeable seco. Yo.

Comienza la atención al público

77
-Hola linda. Te cuento que tengo que entregar esto. Hacer firmar a ambos. Darte la fotocopia de los documentos. Que la señora me firme la planilla. Me entregues los papeles del otro auto. Firmes este otro formulario. Busques la carpeta del que te traje ayer. Pago los aranceles cuando vuelvo el martes si vos me das los comprobantes de pago ahora.
-Bueno. Vamos de a uno.
-Siiiiiii, sin apuro - sonríe y al darse vuelta nos observa con fastidio.
La  77, de unos sesenta y tantos años, delgada, de largas piernas, con una cabellera larga y oscura, lleva una carpeta con papeles en la mano. Sus labios rojos se mueven a una velocidad sorpresiva, lo que invita a no retirar los ojos de ellos.
Desde que se jubiló, se dedica a hacer los trámites de los autos que compra y vende su marido. Muy cómodo en el local, espera que ella resuelva todo y luego los entrega a los nuevos dueños. Claro que es mejor andar por la calle y disfrutar el día, cuando no llueve, pero a veces, preferiría quedarse en su casa haciendo lo que hacen las jubiladas.
Él y ella, apoyados en el mostrador no tenían espacio para opinar. La observaban.
La mujer con sus brazos cruzados sobre la panza mantiene una postura que delata la sensación de agobio. Peinada con una colita desprolija que deja algunos pelos libres enmarcando su cara redondeada, sin maquillaje, con la camisa arrugada y las zapatillas empapadas, pensaba en la nena que hoy se quedó en casa de su abuela. Seguramente está durmiendo todavía. Espera que tome el desayuno para no tener hambre temprano, antes que ella llegue. Repasa los ingredientes que compró para preparar el almuerzo. No se olvidó ninguno. Cerca de las doce y media tiene que estar hecho.

Sin emitir sonido busca su documento de identidad revolviendo su cartera. La 77, con su brazo estirado para recibirlo.
- Vos querido, andá a buscar una fotocopiadora abierta para sacar una copia de esto. Total hay tiempo, hasta que ella lo encuentre - dijeron los labios rojos.
Y fue a mojarse. Sin decir nada. Complaciente.
- ¿Y querida? ¿Lo encontraste?
- No. Es que cambié de cartera. A lo mejor, lo tiene él en su bolsillo.
El tiempo se detuvo. No se podía avanzar.
Esperamos.

El salvador volvió triunfante con todo lo solicitado en su mano. Los dos pisos por escalera lo hicieron agitar.
De la misma estatura de su mujer y con la misma panza que ella, la camisa arrugada y despeinado se dirige a la 77.
Los labios rojos ahora, mantienen su ritmo en voz casi inaudible hacia la empleada que los observaba inmóvil.
- Ok. Volvé el martes entonces y vemos si falta algo.
- ¡Gracias linda! Buen fin de semana. - Y mirando al matrimonio les hace un gesto con la mano para que la sigan.

Seis pies descargando su impotencia en la escalera se escuchan alejar. Los labios rojos, cuchicheaban.

78

…………

79

Un sobresalto despertó al señor que cabeceaba luchando contra la pared en cada caída.
Abriendo sus ojos al máximo, mira el número en su mano confirmando la realidad: era su turno.
Es muy lenta la llegada al mostrador.
El 79 tiene una gran papada. Casi lo obliga a mantener su rostro erguido. Al tanteo agarra sus papeles, su bolso, el paraguas, una bolsita negra y su campera, y camina hacia la voz del llamado.
Las manos ajadas muestran un mapa de arrugas que indican los años de trabajo como mecánico.
Tiene un pequeño taller en la zona sur que a la noche se transforma en su dormitorio. Lo alquila desde que se divorció de su segunda mujer. Tiene tres hijos con cada una y debe mantener ambas casas.
Es de esos mecánicos caros a los que algunos llaman ladrón.
Ahorró lo suficiente para comprarse un auto y pasear con los chicos los fines de semana y con su novia, ocasionalmente.
Entrega con cautela un papel a la empleada. Firma el recibo. Guarda todo en la bolsita negra. Saluda y se retira.




80

El señor elegante con algo más de cincuenta años de vida, mira alrededor para reafirmar su seguridad al mostrar el número en mano. Aclara su garganta antes de emitir sonido y saluda amable a la empleada al tiempo que pasa la mano por su cabeza escasa en pelos, secando algunas gotas de su bocha brillante.
Sus zapatos de cuero marrón tienen las puntas más oscuras por el agua. Eso le molesta demasiado. Los mira y trata de ocultarlos debajo del mostrador. El pantalón de vestir con su raya bien marcada y sin arrugas,  desaparece bajo el impermeable al tono, abotonado y prolijo.
El 80 acaba de ser abuelo. A la mañana se preparó para la ocasión. Presentable y perfumado para su nieto. Sólo tenía que terminar con estos trámites y conocería al bebé. Su hija mayor, casada desde hace un par de años, al fin fue madre.
No lleva alianza en su mano izquierda. Prefiere no demostrar su estado civil. Sostiene que de esa manera consigue más clientas. Es contador y alterna su vida familiar con el oficio del levante momentáneo. Las relaciones efímeras que no dejan huella.
- ¡Hola linda! Hace tiempo que no venía y te encuentro cada vez más bonita.
- Gracias.

Con mirada fija en la de ella, habla seductor y suave, pronunciando con corrección y lento. Hace alguna broma que festejan al reír. La chica se sonroja mientras busca la carpeta.
Firma unas planillas, lee alguna página impresa, entrega la lapicera en sus manos, agradece.
Con la misma elegancia que llegó, el 80 se retira dejando su aroma en el lugar y a las mujeres, encantadas.

81

…………
82
…………..

83
- ¡Si! Yo. Ya voy.
Hace casi dos meses que compré un auto usado. Y durante ese tiempo pensé que algo malo pasaba con él.
Mi circulación hacia el mostrador es tan temerosa como mi sensación.
Viuda, rondando los cincuenta años, con tres hijas grandes, sólo conté con la ayuda de un mecánico amigo que no se parecía en nada al 79.
Acostumbrada a la mala suerte, desconfío de todo lo que ocurre a mi alrededor. Hasta de alguien como el 80, aunque se llene de perfume importado.
Ya fui 21, un día miércoles y 52, un jueves, así que hoy es el día definitivo.
- Los papeles están, pero ¿te dijeron cuánto tenías que abonar?
- No. Decime vos - y pensé en la 77 que podría resolver mis problemas mientras me quedo tranquila en mi trabajo.
La empleada me mostró la calculadora con el total.
- Me faltan trescientos pesos. Voy al banco y vuelvo.
Parecía sencillo.
Tormenta. Viento. Paraguas. Banco 1: sin plata. Más lluvia. Más cuadras. Banco 2: sin plata. Viento. Agua entrando en mis zapatos. Banco 3: retiro el dinero. Lluvia. Viento. Registro.
- Lo logré. Listo. - mientras mi cuerpo goteaba entusiasmo.
Ahora espero que me llamen de la caja.
Son pocos y fríos minutos que se estiran mientras no llega ningún 84.
Terminó el conteo.

Pago, me abrigo y me voy directo al trabajo. Al salir ya no llueve y asoma el brillo del sol que con esfuerzo quiere salir. Llevo bajo mi brazo una carpeta azul con la documentación de mi auto. Ya lo siento mío.
Atrás una puerta se cierra lentamente: “Cerrado”.

Fin de atención al público

En "Amarillo", Ser Seres Ediciones, 2017



domingo, 4 de septiembre de 2016

Destierro.


Destierro



En el año 2005, la NASA anunció el proyecto de un nuevo viaje a la Luna experimental con el objeto de iniciar  el primer grupo social que se adaptara física y mentalmente a los cambios en sus formas de vida. Un módulo herméticamente cerrado de 100 metros cuadrados sería su primera residencia.
Un día lunar equivale a 13 días terrestres y otros tantos, la noche. La temperatura varía entre los +123 y – 153 grados.
Los dos tripulantes fueron seleccionados para dar comienzo a la empresa. Serían los primeros habitantes de la nueva colonia lunar. Más tarde y en lapsos de 26 días, llegarían los diferentes bloques para el armado de la nueva ciudad de Los Ángeles.
En 10 años la colonia ya estaría preparada para permitir la reproducción controlada de sus habitantes y recibir a los primeros ciudadanos nativos lunares.
El “Lunick 10” está listo para su despegue.
Año 2018. Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005.
Día lunar: 12. Resta 1 día terrestre para el inicio de la noche.
Temperatura exterior, 100 grados. Interior, 20 grados.
Oxígeno: 55 %
Alimentos: 45 %
Agua: 37 %
- Hay que registrar los signos vitales. Fecha: 05 de septiembre de 2018. Hora terrestre: 2100. Presión: 80/120, pulsaciones 73. Dentro de los parámetros normales. ¿Los tuyos?
- También. En perfecto estado físico.
- ¿Cuánto tiempo falta para que llegue el primer módulo?
- Un día más iluminado y los trece de la noche.
- Necesitamos fraccionar adecuadamente los suministros. El agua es escasa, la deshidratación haría insuperable el tiempo de espera.
- Los líquidos de los alimentos mantendrán equilibrados el sodio y el potasio necesarios para el equilibrio químico.
- En cuanto al oxígeno, creo que si nos mantenemos a un buen ritmo, tendremos el necesario. Tranquilo. Es seguro que alcanzará. Estaba todo bien calculado. ¿Por qué fallaría?
- Se apagan las luces. Ya es hora de dormir. A cumplir con nuestras 8 horas de sueño.
Día lunar: 13. Restan 13 días terrestres de la noche.
Temperatura exterior, 120 grados. Interior, 21 grados.
Oxígeno: 53 %
Alimentos: 43 %
Agua: 36 %
- ¡Arriba!. Último día de luz en la Luna. Nos espera la larga noche y a recibir los nuevos módulos con sus habitantes. ¡Al fin seremos más!
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Informe urgente: Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005, cancelado”.
Un silencio lunar llenó todo el espacio.
- Debemos solicitar información complementaria ya mismo.
- Nadie contesta. Seguramente deben estar reunidos pensando alternativas para nuestro regreso. Todo debe estar previsto.
- Una posibilidad segura es el rápido envío de una nave que nos regrese a la Tierra. La Asociación debe estar presionando ante esta noticia.
- O no, depende de cuál sea la situación. Ellos evaluarán los costos, las pérdidas y los beneficios.
- Enviemos otro informe con el tiempo máximo que sobreviviríamos en estas condiciones. Esperemos alguna definición.
Noche lunar: 7. Restan 6 días de noche.
Temperatura exterior, -140 grados. Interior, 22 grados.
Oxígeno: 21 %
Alimentos: 22 %
Agua: 18 %
- La emisión del mensaje fue correcta. La recepción no fue confirmada. No tenemos ninguna señal.
- No encontré más formas de ahorrar energía y oxígeno. Y aunque así fuera, nos quedaríamos sin alimentos.
- Hay que analizar la posibilidad de que no regresemos. Debemos asegurarnos de que los registros de estos años se mantengan intactos. Hay que guardarlos en las cajas blindadas y sellarlas.
- Fueron 13 años en la Luna, pero mi hogar sigue siendo la Tierra. Me quedan muchas cosas por hacer, si regreso....
- Repitamos el mensaje. Alguien tiene que oírnos.
Noche lunar: 12. Restan 1 noche.
Temperatura exterior, -147 grados. Interior: 20 grados.
Oxígeno: 12 %
Alimentos: 8 %
Agua: 9  %
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Mensaje urgente: La Tierra se encuentra en crisis. Los mercados económicos cerraron. Los saqueos son generalizados. Sin combustibles ni servicios básicos. Guerras civiles devastan la población. Pocos quedamos a salvo por ahora. El presidente ha desaparecido. No queda nada por qué volver.”

Carmen B Cerminara
En “A través de las estrellas” , Tomo I, Ediciones Carpa de sueños, España.

De soledades.


De soledades



     Los conventillos son el lugar casi obligado para los inmigrantes. Grandes patios centrales se rodean de habitaciones con variados inquilinos: españoles, italianos, judíos, árabes. Los techos de chapa musicalizan el lugar los días de lluvia. Las paredes de llamativos colores dan al barrio un aspecto festivo.
     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parece presentar una larga velada para todos.
     En uno de ellos, en la pieza del fondo, yace él.
     Las luces de las velas alumbran pálidamente a los concurrentes. Techos altos. Muebles oscuros. Un ambiente con aroma a húmedo recibe a los conocidos. Se mezcla en el aire el olor a flores con los perfumes de la gente.
     Todas las miradas centradas en el cuerpo ya sin vida de Don Justo Sierras Cortado         terminando su vida tan solo como nació y vivió.
     A mi derecha está ella mirándolo fijamente, con un gesto reflexivo que esconde su habitual sonrisa.
     Piensa en su familia, la calle, el pecado, los vecinos, la confesión, el perdón, el pecado, la soledad, sus zapatos, su ropa, su vida, el cura, el pecado, las palabras, las charlas, los gritos, el patio, su soledad, su vida, él, su pena, las miradas, su trabajo, la felicidad, la paz, la muerte, la luz, más pecado.
     A la derecha del muerto está Carlos. Cautivante como siempre. Una presencia milonguera pero sin brillo en la mirada que se dirige a Don Justo. Mueve sutilmente su cabeza de un lado al otro pensando en el aroma, las pilchas, las minas, la vida, el escabio, las luces, las calles, la soledad, la milonga, un tango, el café, la gomina, la muerte, los amigos, su madre, la noche, su vida, el funyi, el bar, ella, el billar, la noche.
     Ambos cruzaron sus miradas al despedirse de los presentes. Hasta Don Justo lo sintió.
Luego salieron como dos extraños.

     Yo acostumbro barrer la vereda por las tardes y a veces me doy maña leyendo las manos de los vecinos. “Vieja bruja”, me dicen. Me aprovecho para decir lo que algunos quieren escuchar y callar lo que no quieren oír.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije a él─. Acá veo muchos enganches pibe, pero al final se ve profunda. Alguna mina que te tiene marcado.
Él, atento a mis palabras, preguntó:
     ─¿Y la de la vida Doña? ¿Qué me dice?
     ─Mejor dedicate al amor que es más placentero. ─Guiñé un ojo y me fui pensando: Además tenés que apurarte, es corta pibe, te queda poco.
     La mano de ella estaba fría. Pero tímidamente la acercó.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije─. Acá veo demasiados placeres piba, pero al final se ve profunda. Algún pebete que te enamoró. ─Me rajé, ya era tarde.
(Estoy empezando a sospechar algo. Con las líneas de la vida no me va nada bien. A ésta también se la veo corta.)
     Todas las tardes los veía salir, ella por Magallanes hacia la plaza y él para Garibaldi. Nunca les dije que llegar a mi edad juntando soledad no era bueno. No hacía falta.
     Los imaginaba encontrándose en una esquina. Abrazados, frotando sus cuerpos mientras se besan. Sus manos llegando a lugares oscuros. Ahora apoyados en la pared, mientras oscurecía lo suficiente como para recorrer en silencio la galería y atravesar el patio para entrar a la habitación sin que nadie los viera, desnudarse con la simpleza de lo natural  y amarse como si fuera la última vez. Y luego de dos o tres horas, en silencio, como si nada hubiera pasado, regresar a la apariencia.

     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parecía presentar otra  larga velada para todos.
     Él, salió como siempre tarareando un tango. Ella, con pasos ligeros dejando su aroma perfumado.
Nunca volvieron.
Carmen B Cerminara
En "Voces del Gla", 2016
Ed. Dunken

domingo, 27 de septiembre de 2015

Maldito Viernes




1

Desde la esquina espero verla.
Los viernes nunca falta. Suele llegar a las 21. Preparada y perfumada para su clase de tango. Y luego, la práctica.
Con las curvas suficientes para seducir a su edad, camina a ritmo rápido taconeando en la vereda. Su cabello casi rubio cae sobre los hombros en forma prolija y pareja. Lleva su figura adornada con la pollera siempre oscura que acompaña con algo de color en la parte superior. Modestamente maquillada y ornamentada.
Estaciona su auto en la esquina. Coloca la cartera en uno de sus hombros, acomoda su saco y comienza la noche.
Avanza pasando frente a mí y queda la huella de su aroma, dulce y persistente.
A la pista.
- ¿Bailamos? - y extiendo mi mano, invitándola.
- Si - la toma y se dirige a la pista caminando por delante, casi permitiendo que los cuerpos se rocen.

Bailar con ella es el mejor de mis placeres desde hace ya cinco años.
Esperamos los primeros acordes, reconocemos el tema. Ubica su brazo izquierdo sobre mi hombro y con su mano derecha presiona la mía para comenzar a bailar. La energía se transmite desde mi cuerpo hacia el de ella. Nos acercamos.

No sabe que cada viernes es para mí el mejor día de la semana. Que me arreglo pensando en ella. Que uso el mejor de mis perfumes para que quede en su recuerdo. Que hoy me puse la camisa que alguna vez le gustó. 
- Gracias - y abandona la pista. 
- Bailamos de nuevo más tarde - afirmo, deseando recibir una confirmación que nunca llega, mientras la veo alejarse.

No sabe todo lo que siento cuando la veo bailar con otro, charlar con otro, tomar algo con otro, reir con otro. Una sensación de calor me recorre y se difunde por todo mi cuerpo. Quedo solo y paralizado sin oir la música ni el bullicio.
A veces prefiero no seguirla con la mirada en cada uno de sus movimientos y la dejo libre con su seducción y su encanto, fascinando.

2

Al fin es viernes. Me hizo bien descansar un poco. Hoy: clase de tango. Ya me peiné. Me puse una pollera negra con una remera roja. Un poco de rubor y algo de lápiz labial muy natural. Los aros plateados y pequeños. Un poco de perfume desparramado por todo mi cuerpo. Ahora el saco y la cartera. A las 21 comienza. Me voy.
A la pista. 
- ¿Bailamos? - y extiende su mano, invitándome. 
- Si - la tomo y me dirijo a la pista caminando por delante, sin poder evitarlo nuestros cuerpos se rozan.

No soporto el olor a colonia barata. En general, no suelo bailar con gente muy añosa, pero en este caso, es un buen bailarín. Hace que me luzca en la pista. Sólo algunos tangos y me libero.

3

En la esquina espero para verla partir. Como siempre lleva el peso cansado en sus tacos. Antes de subir al auto, pone el saco en el asiento del acompañante, deja la cartera sobre él. Se acomoda buscando la comodidad necesaria para arrancar. Y se marcha.
La despido en silencio.

4

- Esa noche ella bailó muy bien con un chico más joven. Se la veía animada, sonriente. No se despegaron nunca. Como a las once se fueron juntos y agarrados de la mano. Eso es todo lo que puedo decirles - cuenta una joven.

5

Todos los viernes me quedo esperando en la esquina aunque sé que nunca volverá.
Aquella fue su última noche de tango.
La vi tan feliz junto a ese hombre.
Tomados de la mano. Besándose al caminar. Me imaginé hacia dónde se dirigían, lo que harían sus manos, sus bocas y sus cuerpos.
Enfurecido, subí a mi auto y los seguí. Se notaba distraída, andaba despacio y casi zigzagueaba.
Con el semáforo en rojo, pude ver la silueta de dos amantes detenidos en el tiempo, erotizándose.
Mi cuerpo reaccionó casi autómata. Cambio y acelerador. Retrocedí y aceleré varias veces comprimiendo el auto contra un paredón. El sonido de la bocina me alteró y me detuve.
Bajé y ahí estaban. 
Aplastados.
En el aire aún quedaba la huella de su aroma, dulce y persistente.

Carmen Cerminara
En: La Venganza, Editorial Dunken, septiembre 2015

miércoles, 5 de agosto de 2015




Y al morir…

Las fotografías se encontraban en una caja de zapatos amarillenta dentro de uno de los muebles de la casa.
Una vivienda amplia, de esas con un gran patio en el que convergen las habitaciones de techos altos y húmedos.
De a poco van desapareciendo sus pertenencias que fueron repartidas entre los familiares más cercanos.
Sin embargo, en las paredes quedan grabados los ecos de sus voces. En el piso, las huellas de sus pisadas. Y  en el aire, el aroma de la piel recién bañada.
El desfile de parientes parecía llevarse de a poco las evidencias de vida que alguna vez transcurrieron en ella.
Quedó la caja. Nada valioso para el común de la gente.
El viejo, recordaba sus años de chasirete, en Plaza Italia. Y encontró en aquella caja recuerdos de su vida.
El camino pedregoso de la plaza condiciona la posición del trípode que sostiene la cámara de madera. Bajo un paño negro y en sólo un metro cuadrado se armaba toda una empresa.
Un domingo de sol anticipa un gran día laboral. Familias, novios, amigos, son retratados en tan sólo cinco minutos.
Una hilera de jacarandaes oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
El chasirete se prepara para tomar una fotografía más ante el pedido de los clientes.
Llegó el atardecer y el viejo se encontró solo en la habitación, sentado sobre un cajón de madera y observándolas una a una.
Las ordenaba en el piso en forma de línea de tiempo de acuerdo al aspecto de las muchachas. Algunas coincidían y las colocaba encima de otras.
Un conocedor como él, sabe perfectamente en qué época fue tomada, en qué horario de acuerdo a la ubicación del sol y hasta podría calificar la calidad de la impresión.
Era un hombre lento. Cada mirada lo dejaba suspendido en el tiempo.
Pasaron horas hasta llegar a la última de las fotos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Casi no se nota la diferencia de edad entre ellas. La misma altura, el mismo largo de cabello. Sus vestidos eran similares pero en diferentes gamas de grises.
Una de ellas tomaba de la cintura y por detrás a la de su izquierda y algo más alejada la tercera, que sostenía con su mano derecha el cabello que parecía volar con el viento.
Alrededor, algunos chicos jugando y sus madres sentadas en el banco.
Ella es Ana. Su mirada se clava en la suya.
Alegre y ágil.
Ana era descendiente de inmigrantes italianos. Eso decían sus facciones. Delgada. Dejando notar su brazo fino y su piel blanca.
Nunca sobresalió en la escuela primaria. Transcurrió su secundaria sin mayores sobresaltos. Como era necesario trabajar quedó trunca su vocación docente.
Largas jornadas como vendedora en la zapatería de Don Julián, le daban el beneficio extra del calzado variado en sus pies.
Por las noches al llegar, su madre la recibe amablemente y con la cena lista.
No hay tiempo para novios. No hay tiempo para su propia vida.
Ese domingo, disfrutó del sol por Plaza Italia, en compañía.
Se acerca al chasirete que está sentado en su silla de madera blanca y lo consulta sobre el precio de la fotografía. Le parece algo cara. Lo mira, le dice algo, sonríe y al final se agrupa en pose esperando la toma.
-          ¡Listo! - dice el viejo.
Ana toma por la cintura a Julia.
Ella tiene una mirada resignada. Con el deseo guardado de estar en otro sitio. Imaginando estar con alguien más. En el acercamiento. Los roces. Los aromas. Las sensaciones.
Siempre sobresalió entre otras. Las mejores calificaciones y todas las felicitaciones por esta niña ejemplar que no trabaja, pero ayuda a su madre con todas las tareas familiares.
Más distante, está Mara. Sostiene su cabello que vuela con el viento. Se siente diferente. Comparte el espacio pero no el afecto. Obligada.
Sus labios se mantienen relajados. Sin expresión. Pero sus ojos hablan. Una búsqueda incansable en el espacio. La necesidad de un brújula que oriente su vida, hacia un camino adecuado para ella.
Las tres parecen pertenecer al mismo árbol genealógico. La figura, el rostro, el caminar.

El viejo cae abatido con el anochecer.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. En sus manos aquella foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos. Ahora tres palomas blancas ocupan el centro de la escena. Dos, picoteando y una con las alas extendidas.
El correr de algunos niños las alteran y emprenden vuelo. Las ve alejarse del lugar y desaparecer de la imagen.
A pesar de estar solo en el lugar se oyen algunos ruidos. Se levanta y camina hacia ellos.
Por la ventana asoman dos palomas blancas. Las observa.
Entran y se posan en el piso de madera.
Ahora ellas miran como coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja. Pero esa foto, la última, la lleva consigo a su casa.

Nadie volvió a habitar esa vivienda. Algunas personas dicen que se oyen las voces de las mujeres.
Que Ana vuelve de trabajar y Julia la recibe con la cena amablemente, mientras Mara se mantiene alejada siempre con la mirada curiosa e inquieta.
Por las tardes se oye la música por la ventana que da a la calle. Y a veces, el sonido de la escoba barriendo el patio central o las canillas abiertas derrochando el agua. 
El viejo es el único que vuelve. Trae algunas semillas para nosotras, las palomas blancas.
Ana y Julia, siempre juntas y yo, alejada buscando mi destino. Observando atenta.

Hoy trajo la foto entre sus manos.
Por la mañana, despierta sentado en el cajón de madera. Le cuesta recordar qué hace en ese lugar. Observa el piso y la hilera de fotografías ordenadas. Observa fijamente la foto.
Un retrato antiguo. Una hilera de jacarandaes que oficia de telón de fondo. Algunas personas caminando cerca, otras sentadas en los bancos.
Con los árboles de fondo y las piedras blancas que marcan el sendero, las tres mujeres observan sonrientes a la cámara.
Ahora coloca los retratos uno sobre otro y sin alterar el orden, en la caja.
Recorre con su mirada la casa silenciosa. Cierra la puerta como si fuera la última vez.
Ya no estamos ahí.
Con nuestro pasado guardado, fuimos libre de volar hacia nuevos destinos. Ana y Julia hacia el norte y yo, siguiendo la brújula del viento.

Mina Mencar
XLVII CONCURSO INTERNACIONAL  DE POESIA Y NARRATIVA
 “Confluencia de Palabras 2015”
“MENCIÓN DE HONOR”, en el género: …NARRATIVA