domingo, 21 de enero de 2018

Libertad


Libertad

Tonto entró al local con un andar desordenado y un papel en su mano derecha.
Un trozo de hoja rayada un tanto arrugado con algunas letras escritas en mayúscula de imprenta con lapicera azul.
La puerta se golpeó al cerrar y quedó inmóvil esperando alguna señal o palabra.
Lo miró fijo y ambos parecían comunicarse. Tonto caminó unos pasos hasta el mostrador sin desviar la mirada y estiró su mano entregando el mensaje.
Él, con gesto amigable, lo observó unos segundos y estirando su mano, recibió la nota.
La apoyó sobre una mesa y con sus manos trató de plancharla sin romper.
Acomodó sus anteojos y enfocó la mirada en la nota.
Sus ojos no podían abrirse más. Releían. Ahora buscaban a Tonto que ya no estaba en el lugar.
Se puso un saco, cerró el local y fue en su búsqueda.
Desde la puerta observó a su alrededor. No podía estar lejos. Con su mano derecha mantenía apretado el papel en el bolsillo de su pantalón.
Caminó casi sin rumbo por varios minutos. Volvió a su auto. Seleccionó mentalmente el recorrido.
Al fin, mareado, se dirigió a su casa.
Entró y deseó verlo como siempre en el sillón, con sus movimientos pendulares continuos, la boca abierta haciendo algún sonido desconocido, sucio y desorientado.
No pudo soportar la soledad del hogar.
Se sentó en el umbral y esperó su regreso, moviendo la cabeza de un lado a otro, resignado.
El sonido de la sirena policial lo despertó cuando aún el sol no había salido.
Confirmaron su nombre. Lo tomaron de uno de sus brazos ayudándolo a incorporarse.
En silencio subió al móvil, resignado.
Los ojos sobresaltados leían el cartel que anunciaba “Morgue Policial”.
Asintió con la cabeza al ver al muerto.
- Es él.
En su mano húmeda, aún sostenía la nota: “TE DEJO LIBRE”.


En "Derribando muros", Tahiel ediciones, 2017

Amor fraterno


Amor fraterno

Un ruido se encaramó por la escalera desde el piso inferior interrumpiendo la lectura. Un golpe suave se oyó desde la cocina.
Él se desliza hasta la puerta, la abre lentamente y desciende.
La sombra del extraño revisa algún cajón del mueble.
Calcula la altura y el peso. Es incapaz de reaccionar con violencia. Se estremece.
Desde la penumbra, una mirada lo cruza. La siente arder en su cara. Cierra sus ojos con fuerza. Su cuerpo avanza rápido y lo alcanza.
Uno sobre el otro. Las manos apretando su garganta. Siente el crujir de la tráquea. La saliva espumosa lubricando su rostro. Manos y pies, brazos y piernas con movimientos convulsivos que no logran liberarlo.
De a poco, el cuerpo se entrega y se relaja en el suelo. Tieso. Sin respiración.
Se dirige a la habitación. Observa sus manos que luego se enroscan sobre su cabeza. Cae.
La claridad lo despierta.
-       Buen día - dice la mujer - Tu hermano volvió anoche.
Corre hacia la cocina. La luz del día deja ver el cadáver lívido. Lo reconoce.
La sombra del muerto se desliza hacia él. Lo toma del cuello y aprieta fuertemente su cuello. Lo asfixia.

Ella los encuentra. Muerto sobre muerto.

En "Claroscuro", Ser seres ediciones, 2017

domingo, 2 de abril de 2017

La 83


La 83


La lluvia venía amenazando desde hacía varios días. El paraguas dentro de mi cartera acompañaba mis viajes de ida y vuelta al trabajo.
- Mañana vengo más tarde. Me voy a buscar los papeles del auto. Espero terminar con esto ya.
- Bueno. No hay problema.
Despierto al horario de siempre y desayuno lo mismo de todos los días. Miro por el balcón del séptimo piso y las nubes acechan oscuras sobre la ciudad. Viernes. Trámites.
Nunca voy en auto para la zona de Congreso pero esta vez decidí hacerlo sólo por comodidad.
Algunas gotas caen al parabrisas.
Más gotas caen.
Chaparrón sobre mí.
Mi paraguas y yo nos dirigimos a la oficina del Registro del Automotor. Tengo que retirar los papeles definitivos que confirman que el auto que compré hace poco más de un mes es mío.
Llegué a horario junto con varias personas más. Los empleados, no.
Saqué del talonario un número para la atención de particulares: 83.
Había cuatro sillas disponibles. Me ubiqué en una de ellas.
Espero.
El lugar se sentía destemplado. Muchas luces aclaraban el momento. Un gran pizarrón estaba frente a mí, con diferentes noticias, informaciones y sugerencias. Una pantalla led en el rincón, con imágenes de promoción de las tareas realizadas por la nueva dirigencia del sector. Un mostrador alto. Gente mojada. Piso goteado. Hombre semidormido en otra silla. Señora golpeando su zapato en compás de espera. Hombre y mujer de características físicas similares que parecían ser un matrimonio. Otro señor elegante con zapatos de cuero, maletín e impermeable seco. Yo.

Comienza la atención al público

77
-Hola linda. Te cuento que tengo que entregar esto. Hacer firmar a ambos. Darte la fotocopia de los documentos. Que la señora me firme la planilla. Me entregues los papeles del otro auto. Firmes este otro formulario. Busques la carpeta del que te traje ayer. Pago los aranceles cuando vuelvo el martes si vos me das los comprobantes de pago ahora.
-Bueno. Vamos de a uno.
-Siiiiiii, sin apuro - sonríe y al darse vuelta nos observa con fastidio.
La  77, de unos sesenta y tantos años, delgada, de largas piernas, con una cabellera larga y oscura, lleva una carpeta con papeles en la mano. Sus labios rojos se mueven a una velocidad sorpresiva, lo que invita a no retirar los ojos de ellos.
Desde que se jubiló, se dedica a hacer los trámites de los autos que compra y vende su marido. Muy cómodo en el local, espera que ella resuelva todo y luego los entrega a los nuevos dueños. Claro que es mejor andar por la calle y disfrutar el día, cuando no llueve, pero a veces, preferiría quedarse en su casa haciendo lo que hacen las jubiladas.
Él y ella, apoyados en el mostrador no tenían espacio para opinar. La observaban.
La mujer con sus brazos cruzados sobre la panza mantiene una postura que delata la sensación de agobio. Peinada con una colita desprolija que deja algunos pelos libres enmarcando su cara redondeada, sin maquillaje, con la camisa arrugada y las zapatillas empapadas, pensaba en la nena que hoy se quedó en casa de su abuela. Seguramente está durmiendo todavía. Espera que tome el desayuno para no tener hambre temprano, antes que ella llegue. Repasa los ingredientes que compró para preparar el almuerzo. No se olvidó ninguno. Cerca de las doce y media tiene que estar hecho.

Sin emitir sonido busca su documento de identidad revolviendo su cartera. La 77, con su brazo estirado para recibirlo.
- Vos querido, andá a buscar una fotocopiadora abierta para sacar una copia de esto. Total hay tiempo, hasta que ella lo encuentre - dijeron los labios rojos.
Y fue a mojarse. Sin decir nada. Complaciente.
- ¿Y querida? ¿Lo encontraste?
- No. Es que cambié de cartera. A lo mejor, lo tiene él en su bolsillo.
El tiempo se detuvo. No se podía avanzar.
Esperamos.

El salvador volvió triunfante con todo lo solicitado en su mano. Los dos pisos por escalera lo hicieron agitar.
De la misma estatura de su mujer y con la misma panza que ella, la camisa arrugada y despeinado se dirige a la 77.
Los labios rojos ahora, mantienen su ritmo en voz casi inaudible hacia la empleada que los observaba inmóvil.
- Ok. Volvé el martes entonces y vemos si falta algo.
- ¡Gracias linda! Buen fin de semana. - Y mirando al matrimonio les hace un gesto con la mano para que la sigan.

Seis pies descargando su impotencia en la escalera se escuchan alejar. Los labios rojos, cuchicheaban.

78

…………

79

Un sobresalto despertó al señor que cabeceaba luchando contra la pared en cada caída.
Abriendo sus ojos al máximo, mira el número en su mano confirmando la realidad: era su turno.
Es muy lenta la llegada al mostrador.
El 79 tiene una gran papada. Casi lo obliga a mantener su rostro erguido. Al tanteo agarra sus papeles, su bolso, el paraguas, una bolsita negra y su campera, y camina hacia la voz del llamado.
Las manos ajadas muestran un mapa de arrugas que indican los años de trabajo como mecánico.
Tiene un pequeño taller en la zona sur que a la noche se transforma en su dormitorio. Lo alquila desde que se divorció de su segunda mujer. Tiene tres hijos con cada una y debe mantener ambas casas.
Es de esos mecánicos caros a los que algunos llaman ladrón.
Ahorró lo suficiente para comprarse un auto y pasear con los chicos los fines de semana y con su novia, ocasionalmente.
Entrega con cautela un papel a la empleada. Firma el recibo. Guarda todo en la bolsita negra. Saluda y se retira.




80

El señor elegante con algo más de cincuenta años de vida, mira alrededor para reafirmar su seguridad al mostrar el número en mano. Aclara su garganta antes de emitir sonido y saluda amable a la empleada al tiempo que pasa la mano por su cabeza escasa en pelos, secando algunas gotas de su bocha brillante.
Sus zapatos de cuero marrón tienen las puntas más oscuras por el agua. Eso le molesta demasiado. Los mira y trata de ocultarlos debajo del mostrador. El pantalón de vestir con su raya bien marcada y sin arrugas,  desaparece bajo el impermeable al tono, abotonado y prolijo.
El 80 acaba de ser abuelo. A la mañana se preparó para la ocasión. Presentable y perfumado para su nieto. Sólo tenía que terminar con estos trámites y conocería al bebé. Su hija mayor, casada desde hace un par de años, al fin fue madre.
No lleva alianza en su mano izquierda. Prefiere no demostrar su estado civil. Sostiene que de esa manera consigue más clientas. Es contador y alterna su vida familiar con el oficio del levante momentáneo. Las relaciones efímeras que no dejan huella.
- ¡Hola linda! Hace tiempo que no venía y te encuentro cada vez más bonita.
- Gracias.

Con mirada fija en la de ella, habla seductor y suave, pronunciando con corrección y lento. Hace alguna broma que festejan al reír. La chica se sonroja mientras busca la carpeta.
Firma unas planillas, lee alguna página impresa, entrega la lapicera en sus manos, agradece.
Con la misma elegancia que llegó, el 80 se retira dejando su aroma en el lugar y a las mujeres, encantadas.

81

…………
82
…………..

83
- ¡Si! Yo. Ya voy.
Hace casi dos meses que compré un auto usado. Y durante ese tiempo pensé que algo malo pasaba con él.
Mi circulación hacia el mostrador es tan temerosa como mi sensación.
Viuda, rondando los cincuenta años, con tres hijas grandes, sólo conté con la ayuda de un mecánico amigo que no se parecía en nada al 79.
Acostumbrada a la mala suerte, desconfío de todo lo que ocurre a mi alrededor. Hasta de alguien como el 80, aunque se llene de perfume importado.
Ya fui 21, un día miércoles y 52, un jueves, así que hoy es el día definitivo.
- Los papeles están, pero ¿te dijeron cuánto tenías que abonar?
- No. Decime vos - y pensé en la 77 que podría resolver mis problemas mientras me quedo tranquila en mi trabajo.
La empleada me mostró la calculadora con el total.
- Me faltan trescientos pesos. Voy al banco y vuelvo.
Parecía sencillo.
Tormenta. Viento. Paraguas. Banco 1: sin plata. Más lluvia. Más cuadras. Banco 2: sin plata. Viento. Agua entrando en mis zapatos. Banco 3: retiro el dinero. Lluvia. Viento. Registro.
- Lo logré. Listo. - mientras mi cuerpo goteaba entusiasmo.
Ahora espero que me llamen de la caja.
Son pocos y fríos minutos que se estiran mientras no llega ningún 84.
Terminó el conteo.

Pago, me abrigo y me voy directo al trabajo. Al salir ya no llueve y asoma el brillo del sol que con esfuerzo quiere salir. Llevo bajo mi brazo una carpeta azul con la documentación de mi auto. Ya lo siento mío.
Atrás una puerta se cierra lentamente: “Cerrado”.

Fin de atención al público

En "Amarillo", Ser Seres Ediciones, 2017



domingo, 4 de septiembre de 2016

Destierro.


Destierro



En el año 2005, la NASA anunció el proyecto de un nuevo viaje a la Luna experimental con el objeto de iniciar  el primer grupo social que se adaptara física y mentalmente a los cambios en sus formas de vida. Un módulo herméticamente cerrado de 100 metros cuadrados sería su primera residencia.
Un día lunar equivale a 13 días terrestres y otros tantos, la noche. La temperatura varía entre los +123 y – 153 grados.
Los dos tripulantes fueron seleccionados para dar comienzo a la empresa. Serían los primeros habitantes de la nueva colonia lunar. Más tarde y en lapsos de 26 días, llegarían los diferentes bloques para el armado de la nueva ciudad de Los Ángeles.
En 10 años la colonia ya estaría preparada para permitir la reproducción controlada de sus habitantes y recibir a los primeros ciudadanos nativos lunares.
El “Lunick 10” está listo para su despegue.
Año 2018. Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005.
Día lunar: 12. Resta 1 día terrestre para el inicio de la noche.
Temperatura exterior, 100 grados. Interior, 20 grados.
Oxígeno: 55 %
Alimentos: 45 %
Agua: 37 %
- Hay que registrar los signos vitales. Fecha: 05 de septiembre de 2018. Hora terrestre: 2100. Presión: 80/120, pulsaciones 73. Dentro de los parámetros normales. ¿Los tuyos?
- También. En perfecto estado físico.
- ¿Cuánto tiempo falta para que llegue el primer módulo?
- Un día más iluminado y los trece de la noche.
- Necesitamos fraccionar adecuadamente los suministros. El agua es escasa, la deshidratación haría insuperable el tiempo de espera.
- Los líquidos de los alimentos mantendrán equilibrados el sodio y el potasio necesarios para el equilibrio químico.
- En cuanto al oxígeno, creo que si nos mantenemos a un buen ritmo, tendremos el necesario. Tranquilo. Es seguro que alcanzará. Estaba todo bien calculado. ¿Por qué fallaría?
- Se apagan las luces. Ya es hora de dormir. A cumplir con nuestras 8 horas de sueño.
Día lunar: 13. Restan 13 días terrestres de la noche.
Temperatura exterior, 120 grados. Interior, 21 grados.
Oxígeno: 53 %
Alimentos: 43 %
Agua: 36 %
- ¡Arriba!. Último día de luz en la Luna. Nos espera la larga noche y a recibir los nuevos módulos con sus habitantes. ¡Al fin seremos más!
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Informe urgente: Proyecto Ciudad Lunadizadora 2005, cancelado”.
Un silencio lunar llenó todo el espacio.
- Debemos solicitar información complementaria ya mismo.
- Nadie contesta. Seguramente deben estar reunidos pensando alternativas para nuestro regreso. Todo debe estar previsto.
- Una posibilidad segura es el rápido envío de una nave que nos regrese a la Tierra. La Asociación debe estar presionando ante esta noticia.
- O no, depende de cuál sea la situación. Ellos evaluarán los costos, las pérdidas y los beneficios.
- Enviemos otro informe con el tiempo máximo que sobreviviríamos en estas condiciones. Esperemos alguna definición.
Noche lunar: 7. Restan 6 días de noche.
Temperatura exterior, -140 grados. Interior, 22 grados.
Oxígeno: 21 %
Alimentos: 22 %
Agua: 18 %
- La emisión del mensaje fue correcta. La recepción no fue confirmada. No tenemos ninguna señal.
- No encontré más formas de ahorrar energía y oxígeno. Y aunque así fuera, nos quedaríamos sin alimentos.
- Hay que analizar la posibilidad de que no regresemos. Debemos asegurarnos de que los registros de estos años se mantengan intactos. Hay que guardarlos en las cajas blindadas y sellarlas.
- Fueron 13 años en la Luna, pero mi hogar sigue siendo la Tierra. Me quedan muchas cosas por hacer, si regreso....
- Repitamos el mensaje. Alguien tiene que oírnos.
Noche lunar: 12. Restan 1 noche.
Temperatura exterior, -147 grados. Interior: 20 grados.
Oxígeno: 12 %
Alimentos: 8 %
Agua: 9  %
Una señal sonora informa la llegada de un mensaje desde la NASA.
- “Mensaje urgente: La Tierra se encuentra en crisis. Los mercados económicos cerraron. Los saqueos son generalizados. Sin combustibles ni servicios básicos. Guerras civiles devastan la población. Pocos quedamos a salvo por ahora. El presidente ha desaparecido. No queda nada por qué volver.”

Carmen B Cerminara
En “A través de las estrellas” , Tomo I, Ediciones Carpa de sueños, España.

De soledades.


De soledades



     Los conventillos son el lugar casi obligado para los inmigrantes. Grandes patios centrales se rodean de habitaciones con variados inquilinos: españoles, italianos, judíos, árabes. Los techos de chapa musicalizan el lugar los días de lluvia. Las paredes de llamativos colores dan al barrio un aspecto festivo.
     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parece presentar una larga velada para todos.
     En uno de ellos, en la pieza del fondo, yace él.
     Las luces de las velas alumbran pálidamente a los concurrentes. Techos altos. Muebles oscuros. Un ambiente con aroma a húmedo recibe a los conocidos. Se mezcla en el aire el olor a flores con los perfumes de la gente.
     Todas las miradas centradas en el cuerpo ya sin vida de Don Justo Sierras Cortado         terminando su vida tan solo como nació y vivió.
     A mi derecha está ella mirándolo fijamente, con un gesto reflexivo que esconde su habitual sonrisa.
     Piensa en su familia, la calle, el pecado, los vecinos, la confesión, el perdón, el pecado, la soledad, sus zapatos, su ropa, su vida, el cura, el pecado, las palabras, las charlas, los gritos, el patio, su soledad, su vida, él, su pena, las miradas, su trabajo, la felicidad, la paz, la muerte, la luz, más pecado.
     A la derecha del muerto está Carlos. Cautivante como siempre. Una presencia milonguera pero sin brillo en la mirada que se dirige a Don Justo. Mueve sutilmente su cabeza de un lado al otro pensando en el aroma, las pilchas, las minas, la vida, el escabio, las luces, las calles, la soledad, la milonga, un tango, el café, la gomina, la muerte, los amigos, su madre, la noche, su vida, el funyi, el bar, ella, el billar, la noche.
     Ambos cruzaron sus miradas al despedirse de los presentes. Hasta Don Justo lo sintió.
Luego salieron como dos extraños.

     Yo acostumbro barrer la vereda por las tardes y a veces me doy maña leyendo las manos de los vecinos. “Vieja bruja”, me dicen. Me aprovecho para decir lo que algunos quieren escuchar y callar lo que no quieren oír.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije a él─. Acá veo muchos enganches pibe, pero al final se ve profunda. Alguna mina que te tiene marcado.
Él, atento a mis palabras, preguntó:
     ─¿Y la de la vida Doña? ¿Qué me dice?
     ─Mejor dedicate al amor que es más placentero. ─Guiñé un ojo y me fui pensando: Además tenés que apurarte, es corta pibe, te queda poco.
     La mano de ella estaba fría. Pero tímidamente la acercó.
     ─Esa es la línea del amor ─le dije─. Acá veo demasiados placeres piba, pero al final se ve profunda. Algún pebete que te enamoró. ─Me rajé, ya era tarde.
(Estoy empezando a sospechar algo. Con las líneas de la vida no me va nada bien. A ésta también se la veo corta.)
     Todas las tardes los veía salir, ella por Magallanes hacia la plaza y él para Garibaldi. Nunca les dije que llegar a mi edad juntando soledad no era bueno. No hacía falta.
     Los imaginaba encontrándose en una esquina. Abrazados, frotando sus cuerpos mientras se besan. Sus manos llegando a lugares oscuros. Ahora apoyados en la pared, mientras oscurecía lo suficiente como para recorrer en silencio la galería y atravesar el patio para entrar a la habitación sin que nadie los viera, desnudarse con la simpleza de lo natural  y amarse como si fuera la última vez. Y luego de dos o tres horas, en silencio, como si nada hubiera pasado, regresar a la apariencia.

     Al caer el sol, el claroscuro de las noches por las callecitas de La Boca mezclado con el rocío, parecía presentar otra  larga velada para todos.
     Él, salió como siempre tarareando un tango. Ella, con pasos ligeros dejando su aroma perfumado.
Nunca volvieron.
Carmen B Cerminara
En "Voces del Gla", 2016
Ed. Dunken

domingo, 27 de septiembre de 2015

Maldito Viernes




1

Desde la esquina espero verla.
Los viernes nunca falta. Suele llegar a las 21. Preparada y perfumada para su clase de tango. Y luego, la práctica.
Con las curvas suficientes para seducir a su edad, camina a ritmo rápido taconeando en la vereda. Su cabello casi rubio cae sobre los hombros en forma prolija y pareja. Lleva su figura adornada con la pollera siempre oscura que acompaña con algo de color en la parte superior. Modestamente maquillada y ornamentada.
Estaciona su auto en la esquina. Coloca la cartera en uno de sus hombros, acomoda su saco y comienza la noche.
Avanza pasando frente a mí y queda la huella de su aroma, dulce y persistente.
A la pista.
- ¿Bailamos? - y extiendo mi mano, invitándola.
- Si - la toma y se dirige a la pista caminando por delante, casi permitiendo que los cuerpos se rocen.

Bailar con ella es el mejor de mis placeres desde hace ya cinco años.
Esperamos los primeros acordes, reconocemos el tema. Ubica su brazo izquierdo sobre mi hombro y con su mano derecha presiona la mía para comenzar a bailar. La energía se transmite desde mi cuerpo hacia el de ella. Nos acercamos.

No sabe que cada viernes es para mí el mejor día de la semana. Que me arreglo pensando en ella. Que uso el mejor de mis perfumes para que quede en su recuerdo. Que hoy me puse la camisa que alguna vez le gustó. 
- Gracias - y abandona la pista. 
- Bailamos de nuevo más tarde - afirmo, deseando recibir una confirmación que nunca llega, mientras la veo alejarse.

No sabe todo lo que siento cuando la veo bailar con otro, charlar con otro, tomar algo con otro, reir con otro. Una sensación de calor me recorre y se difunde por todo mi cuerpo. Quedo solo y paralizado sin oir la música ni el bullicio.
A veces prefiero no seguirla con la mirada en cada uno de sus movimientos y la dejo libre con su seducción y su encanto, fascinando.

2

Al fin es viernes. Me hizo bien descansar un poco. Hoy: clase de tango. Ya me peiné. Me puse una pollera negra con una remera roja. Un poco de rubor y algo de lápiz labial muy natural. Los aros plateados y pequeños. Un poco de perfume desparramado por todo mi cuerpo. Ahora el saco y la cartera. A las 21 comienza. Me voy.
A la pista. 
- ¿Bailamos? - y extiende su mano, invitándome. 
- Si - la tomo y me dirijo a la pista caminando por delante, sin poder evitarlo nuestros cuerpos se rozan.

No soporto el olor a colonia barata. En general, no suelo bailar con gente muy añosa, pero en este caso, es un buen bailarín. Hace que me luzca en la pista. Sólo algunos tangos y me libero.

3

En la esquina espero para verla partir. Como siempre lleva el peso cansado en sus tacos. Antes de subir al auto, pone el saco en el asiento del acompañante, deja la cartera sobre él. Se acomoda buscando la comodidad necesaria para arrancar. Y se marcha.
La despido en silencio.

4

- Esa noche ella bailó muy bien con un chico más joven. Se la veía animada, sonriente. No se despegaron nunca. Como a las once se fueron juntos y agarrados de la mano. Eso es todo lo que puedo decirles - cuenta una joven.

5

Todos los viernes me quedo esperando en la esquina aunque sé que nunca volverá.
Aquella fue su última noche de tango.
La vi tan feliz junto a ese hombre.
Tomados de la mano. Besándose al caminar. Me imaginé hacia dónde se dirigían, lo que harían sus manos, sus bocas y sus cuerpos.
Enfurecido, subí a mi auto y los seguí. Se notaba distraída, andaba despacio y casi zigzagueaba.
Con el semáforo en rojo, pude ver la silueta de dos amantes detenidos en el tiempo, erotizándose.
Mi cuerpo reaccionó casi autómata. Cambio y acelerador. Retrocedí y aceleré varias veces comprimiendo el auto contra un paredón. El sonido de la bocina me alteró y me detuve.
Bajé y ahí estaban. 
Aplastados.
En el aire aún quedaba la huella de su aroma, dulce y persistente.

Carmen Cerminara
En: La Venganza, Editorial Dunken, septiembre 2015